El rey sin corona que cruzó África

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- El Nilo no es un río, es una declaración de intenciones de la naturaleza. Mide 6.853 kilómetros de largo, lo que lo convierte en el segundo río más largo del mundo, aunque durante siglos se llevó la medalla de oro hasta que el Amazonas llegó con las mediciones del siglo XXI y le robó el puesto. Pero el Nilo, con la dignidad de un viejo emperador, ni se inmutó. Total, él ya había visto nacer y morir civilizaciones mientras el Amazonas aún era un arroyo cualquiera.

Porque el Nilo es viejo. Muy viejo. Tiene unos 30 millones de años, seis veces más de lo que los científicos creían hasta hace nada. Nació cuando el manto terrestre decidió empujar las tierras altas de Etiopía y mantenerlo en su curso hacia el norte. Si aquel movimiento geológico no hubiera ocurrido, el río habría girado hacia el oeste hace mucho tiempo y la historia de la humanidad sería completamente diferente. Como quien dice: el Nilo no eligió su camino, pero el camino lo eligió a él para cambiar el mundo.

Atraviesa diez países, desde Burundi hasta el Mediterráneo, y en su viaje recoge las aguas del Nilo Blanco y del Nilo Azul, que se dan un abrazo en Jartum como dos hermanos que no se veían desde hace siglos. Pero el Nilo no es un río generoso con todos por igual: el 86% de su caudal nace en Etiopía, y sin embargo Egipto se ha llevado siempre la mejor parte. Por eso, hoy en día, el agua del Nilo es más que vida: es una batalla geopolítica que enfrenta a Egipto, Sudán y Etiopía por una presa que promete reescribir las reglas del juego.

Un Nilo domesticado

Los egipcios llamaban a su país Kemet, «tierra negra», por el limo fértil que el Nilo dejaba tras sus crecidas anuales. Los antiguos egipcios se asentaron en sus orillas no por amor al paisaje, sino porque sabían que sin él no había nada: el desierto era la «tierra roja», un infierno de arena del que no se podía sacar ni un mendrugo. El Nilo no solo les daba de comer: les daba identidad. Dividía el país en dos mitades, oriente y occidente, y ellos, con esa manía simbólica que tenían, construían las ciudades al este y las tumbas al oeste, porque el sol nacía por un lado y se moría por el otro.

El rey sin corona que cruzó África
Etiopía construyó una enorme presa en el Nilo

Hoy, el Nilo sigue siendo el mismo monstruo de agua que siempre fue, pero los humanos, con su manía de controlarlo todo, lo han domesticado a golpe de presa. La presa de Asuán, terminada en 1970, frenó sus crecidas y convirtió el delta en un territorio que ya no recibe el limo que lo reconstruía. Antes, el río llevaba al Mediterráneo entre 54 y 163 millones de toneladas de sedimento al año; ahora, casi nada. El Nilo ya no inunda, ya no alimenta con su barro negro. Pero sigue fluyendo, terco como él solo, recordándonos que los ríos no se doman, se negocian. Y el Nilo, con sus 30 millones de años a cuestas, ha visto negociar a muchos. Y a todos les ha ganado.

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