
El diálogo posible entre economistas cubanos: más allá de las diferencias
Por Pedro Monreal ()
La Habana.-Si algo caracteriza hoy dentro de Cuba el debate público entre economistas académicos sobre «transformaciones económicas y sociales» es la ausencia de una polémica sustantiva que sea visible. No significa necesariamente la falta de discrepancias, sino la existencia de una institucionalidad oficial que las hace imperceptibles no solo para el «gran público», sino también para especialistas.
Es frecuente que economistas académicos participen en grupos de trabajo por encargo institucional, usualmente operando bajo formatos que exigen discreción. Eso es normal, pero no reemplaza la función esencial de las ciencias sociales de producir conocimiento de amplia utilidad social basada en «la crítica despiadada de todo lo existente, despiadada tanto en el sentido de no temer los resultados a los que conduzca como en el de no temerle al conflicto con aquellos que detentan el poder». Aclaro que lo entrecomillado es de Marx. Muchos lo saben. También conocemos que no es el tipo de cosas que frenan a los custodios de la ortodoxia política de la isla.
He comentado en una nota anterior que hace unos días un amigo dijo que «propuestas intelectuales modernizadoras», obviamente no oficiales, invisibilizan y desprecian las 176 medidas, pero tal argumento funciona como un boomerang, porque pudiera decirse que son precisamente las instituciones oficiales de Cuba las que invisibilizan la contribución específica que pudieran haber hecho los economistas académicos cubanos al diseño de esas 176 medidas (algo que no se hace público) y que desprecian el trabajo de economistas académicos residentes en Cuba, como evidenció la convocatoria a última hora a un grupo muy limitado como consultores.
¿Podríamos los economistas académicos cubanos, dentro y fuera de la isla, intercambiar de manera pública nuestros análisis y propuestas, contrastando visiones, controlando el tono, y evitando tanto el monólogo como el enfrentamiento desordenado? Considero que existe la madurez suficiente —salvo excepciones— para polemizar sin insultos ni descalificación moral. Ganamos cuando discutimos con argumentos y con evidencia. Con firmeza, pero sin denigrar a otros colegas.
El uso que el gobierno cubano decida dar —o no dar— a los resultados de un intercambio público entre economistas académicos trasciende el ámbito de nuestra decisión. La eventualidad de que ignore total o selectivamente nuestras aportaciones no debe constituir motivo para detenernos ni para desalentarnos. Un punto de partida adecuado podría ser un debate sobre el grado de radicalidad de la transformación económica y sobre el marco político en el que esta debería producirse. Por divisivo que parezca el tema, aclarar ambos aspectos facilitaría el intercambio sobre los detalles técnicos, los cuales, si no se enmarcan con precisión, permanecen desarticulados de la racionalidad de una propuesta integral de transformación.






