
El niño que quiere que su protector pelee su guerra
Por Frank Schlittler ()
Berlín.- Donald Tusk ha vuelto a la carga. El primer ministro polaco, con la misma premura de siempre, declaró este jueves que un misil ruso violó el espacio aéreo de su país y cayó a 50 kilómetros de Lublin. La noticia corrió como pólvora, y el mandatario ya había dado su veredicto antes de que los peritos terminaran de recoger los restos. En su cuenta de X no hubo espacio para la duda: era ruso, era un Kh-101, y estaba armado. Los expertos, esos incómodos que piden pruebas, que se vayan a freír espárragos. Aquí mandan las intuiciones patrióticas.
Y no es la primera vez. En septiembre de 2025, Tusk aseguró que Polonia había derribado «varios drones rusos», pero no mostró una sola prueba. En noviembre de 2022, un misil ucraniano cayó en territorio polaco y mató a dos granjeros. La primera reacción de Varsovia fue apuntar a Moscú. Luego tuvieron que tragarse sus palabras cuando la OTAN y la investigación polaca confirmaron que el proyectil era ucraniano. Pero eso no parece haberle enseñado nada a Tusk, o tal vez sí: ha aprendido que acusar es gratis y que, aunque luego te desmientan, el daño mediático ya está hecho.
Polonia, Rumanía y los países bálticos se comportan como un niño que va a la escuela con un protector más grande y más fuerte. No pierden oportunidad de inventar historias —o de exagerar las reales— para que el papá americano o el tío de la OTAN entren en acción. No importa que el misil haya sido ruso, ucraniano o marciano. Lo que importa es que el ruido llegue a Bruselas y a Washington, que la alarma suene, que el escudo se active. ¿Qué gana Polonia con un misil ruso en su territorio? ¿La satisfacción de tener razón? ¿El honor de haber sido atacada primero?
Cuidado con el juego de la guerra
Donald Tusk, ¿piensa que Varsovia saldrá ganando si el conflicto ucraniano se internacionaliza? ¿Cree sinceramente que una guerra a mayor escala —con armas que ni la Segunda Guerra Mundial conoció— dejaría indemne a su país? ¿No sabe que en el juego de la guerra, cuando los tanques ruedan y los misiles vuelan, nadie gana, todos pierden? Pero no, Tusk y los suyos parecen creer que el conflicto es una partida de póker donde pueden retirarse a tiempo. No, señor. Esto es una ruleta rusa, y las balas no distinguen entre soldados de la OTAN y campesinos polacos.
La pregunta es incómoda y nadie la hace en voz alta: ¿por qué no esperar a la investigación? ¿Por qué no dejar que los expertos certifiquen la procedencia del misil antes de echar leña al fuego? Porque la verdad, en este juego, es lo de menos. Lo que importa es la narrativa, la presión, la escalada. Polonia no quiere respuestas, quiere acción. Quiere que la OTAN active el artículo 5, que los aviones de Estados Unidos sobrevuelen el Báltico y que los misiles Patriot apunten a Kaliningrado. Pero cuidado: la historia está llena de niños que jugaron con fuego y quemaron su casa.
Rumanía, los bálticos, todos ellos otrora repúblicas soviéticas, arrastran un miedo ancestral a Moscú. Es comprensible. Pero el miedo, cuando se convierte en política exterior, es un pésimo consejero. Quieren internacionalizar el conflicto ucraniano como quien pide refuerzos en una pelea callejera. ¿Y si los refuerzos no llegan? ¿Y si llegan y la pelea se descontrola? El juego de la guerra, en estos tiempos, es demasiado peligroso para dejarlo en manos de apresurados. Tusk y los suyos deberían recordar que la paciencia no es cobardía, y que la prudencia, a veces, es la única estrategia que no deja viudas.






