Comparte esta noticia

Por Luis Alberto Ramirez ()

Miami.- Miguel Díaz-Canel puede decir en sus discursos lo que le venga en gana. Puede afirmar que la falta de electricidad en Cuba es culpa del imperialismo, que el hambre es consecuencia del embargo, que en Estados Unidos no se puede protestar, que los estadounidenses mueren por falta de atención médica o que los niños pobres no pueden ir a la escuela. En fin, además de las innumerables barbaridades que repite cada vez que concede una entrevista, nadie tiene la posibilidad de cuestionarlo. En Cuba no existe una prensa libre que confronte sus mentiras.

Todo esto me recuerda aquel viejo cuento satírico —cuyo autor, lamentablemente, no recuerdo— que decía así: «Cuando Fidel Castro murió y llegó al infierno, se encontró con Napoleón Bonaparte. Fidel le preguntó:

—¿Cómo es posible que hayas perdido tu imperio de una manera tan abrupta?

Napoleón respondió:

—Si yo hubiera tenido un periódico como Granma, nadie se habría enterado de que perdí la batalla de Waterloo.

Y ahí está la clave. Díaz-Canel puede decir cualquier disparate mientras controle los medios de comunicación y cuente con miles de ciberclarias repitiendo sus mentiras como si fueran verdades. Cuando el poder monopoliza la información, intenta sustituir la realidad por la propaganda.

Pero la propaganda tiene un límite: no puede encender una bombilla, llenar un plato de comida ni devolver la esperanza a un pueblo. La realidad termina imponiéndose, por mucho que se pretenda ocultarla.

La revolución cubana, hace mucho tiempo, dejó de existir como proyecto. Lo único que queda es su aparato propagandístico. La revolución cubana ya murió. Y cuando hasta la propaganda deja de convencer a quienes la padecen, solo falta una cosa: enterrarla.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy