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Por Yoelbis Albelo ()

Matanzas.-Hay un puente en Varadero que separa dos mundos. De un lado, el paraíso turístico, las playas de ensueño, los hoteles de lujo donde los extranjeros gastan (o gastaban) euros y dólares. Del otro, el camino a Cárdenas, una ciudad cubana cualquiera, con sus calles rotas, sus apagones y sus crímenes que nadie investiga. Y en medio de ese puente, la policía castrista, fiel a su única función: prohibir, molestar y recordarle al cubano que no es dueño ni del aire que respira.

Desde la madrugada, los patrulleros bloquean el paso a los trabajadores que van a sus empleos en moto eléctrica. Sin licencia, no pasan. Así de simple. Da igual que lleven meses yendo a trabajar todos los días, que hayan comprado la moto con el sudor de su frente, que sean parte del engranaje que mantiene vivo el turismo en Varadero. La policía no entiende de necesidades, entiende de órdenes. Y la orden es clara: fastidiar al que no tiene papeles, aunque el papel sea un lujo que este país no puede ofrecer.

Lo curioso es que esa misma preocupación por la legalidad desaparece cuando se trata de Cárdenas. Allí, los adolescentes manejan motos sin casco, con el teléfono en una mano y la imprudencia en la otra. Nadie los detiene. Nadie les exige una licencia. Nadie les pone una multa. El caos vehicular es la norma -y eso que no hay combustible-, los accidentes son moneda corriente, y la policía, esa misma que madruga para custodiar el puente de Varadero, no aparece. Porque su misión no es proteger vidas, sino proteger un sistema.

La vida imposible

Y si alguien se atreve a filmarlos, como hizo ayer un motorista, la respuesta es inmediata: lo meten en la caseta, le dan «un par de manotazos» y le exigen que borre el vídeo. Así funciona la ley en este país: no hay derecho a documentar el abuso, no hay derecho a preguntar, no hay derecho a quejarse. La policía no es un cuerpo de seguridad, es un cuerpo de represión. Y su única especialidad es cuidar las espaldas del gobierno, no las de los ciudadanos.

La mujer que denuncia esta situación lo resume con una frase que debería ser el epitafio de esta revolución: «Estoy asqueada de todo». Y tiene razón. Porque cuando una persona que trabaja, que se levanta antes del amanecer, que se juega la vida en una moto para llegar a su empleo, encuentra un muro policial en el puente, no es solo un problema de tránsito. Es la constatación de que este país está diseñado para hacerte la vida imposible, para recordarte que no eres nadie, que tu esfuerzo no vale nada y que tu dignidad es un lujo que no te pueden conceder.

Así que la próxima vez que alguien hable de la «tranquilidad ciudadana» en Cuba, recuerden el puente de Varadero. Recuerden a los trabajadores detenidos, a los motoristas golpeados, a los policías apostados desde la madrugada para impedir el paso. Y pregunten: ¿dónde está esa tranquilidad? No está en las calles de Cárdenas, donde el crimen crece sin control. No está en los barrios, donde la inseguridad es el pan de cada día. Solo está en la mente de los que mandan, convencidos de que el orden se impone con el miedo. Y mientras tanto, el pueblo, como siempre, se da por vencido.

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