
El agujero que sujetaba el mundo
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Los romanos levantaban bloques de varias toneladas con una herramienta tan pequeña que, al terminar la obra, desaparecía por completo. El problema parecía sencillo… hasta que alguien intentaba resolverlo.
Para elevar una piedra con cuerdas había que rodearla entera. Pero al posarla sobre otra, la cuerda quedaba atrapada debajo. Retirarla era un riesgo: desplazar el bloque, dañar los bordes, arruinar la precisión de todo el descenso.
La solución se llamó lewis. Antes de izar, los canteros abrían una cavidad en la cara superior de la piedra, cerca del centro de gravedad. El orificio no era recto: se ensanchaba en el fondo, como una cola de milano invertida. Luego metían tres piezas de hierro: dos exteriores y una central que, al encajarse, las obligaba a presionar contra las paredes inclinadas.
Roma lo perfeccionó
Cuando la grúa tiraba, el peso del bloque tensaba el conjunto. Cuanto más pesaba la carga, más firme era el agarre. La piedra subía sin necesidad de cuerdas por debajo y bajaba lentamente hasta su sitio, exacta, impecable. Una vez liberado el peso, los obreros retiraban el pasador central y extraían las demás piezas. El agujero quedaba arriba, invisible bajo la hilada siguiente, o tapado con un pequeño disco de la misma roca.
No fue un invento solo romano: los griegos ya probaron cortes similares. Pero Roma lo perfeccionó y lo multiplicó en sus monumentos. Aunque no todos los agujeros en piedras antiguas son lewis—algunos eran para grapas, cuñas o fijaciones—, su forma, profundidad y posición delatan su verdadero uso. La herramienta siguió viva en la Edad Media y aún hoy, con más cálculos y seguridad, se usa en cantería.
El principio apenas ha cambiado: una cavidad tallada con precisión, tres piezas de hierro, una grúa y el propio peso de la piedra convertido en su propia sujeción. La grandeza de la ingeniería antigua no siempre está en las columnas o los arcos. A veces está escondida dentro de un pequeño agujero que cumplió su propósito y desapareció bajo la siguiente piedra. Como toda obra bien hecha: cuando funciona, nadie la ve.






