La red de piedra que el río no pudo borrar

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- En el lecho de un río australiano, cientos de piedras forman una red que no atrapa agua, atrapa vida. El lugar se llama Baiame’s Ngunnhu, está en Brewarrina y tiene 400 metros de muros, canales y estanques diseñados para convertir el movimiento del agua en alimento. Desde la orilla parecen rocas sin orden. Pero cada curva fue pensada para trabajar con la corriente.

Los muros guiaban a los peces que remontaban el río hacia recintos más pequeños. Cuando los animales entraban, las aberturas se cerraban con piedras y las manos o las lanzas hacían el resto. Las paredes tenían alturas distintas para adaptarse al nivel del agua. Y sus formas curvas resistían las crecidas. No era una trampa. Era una conversación entre la piedra y el río.

La red de piedra que el río no pudo borrar

No pertenecía a un solo clan. El pueblo Ngemba era custodio, pero otras naciones compartían su mantenimiento. Cada familia cuidaba una sección. En temporada de abundancia, el lugar se convertía en mercado, en altar, en escuela y en tribunal. La tradición dice que el ser ancestral Baiame arrojó una red sobre el río y su forma reveló el diseño. Después, con sus hijos, levantó las paredes y asignó su cuidado a los distintos grupos.

Una historia bajo el agua

Se ha dicho que tienen 20.000 años, incluso 40.000. Que son la estructura humana más antigua que sigue en pie. La ciencia no puede confirmarlo. El río ha modificado las piedras, las crecidas las han movido, generaciones las han reparado. Esa conservación continua impide fijar una fecha única. Pero también es la prueba de que el sistema nunca dejó de usarse. No es un monumento congelado. Es una obra viva.

La red de piedra que el río no pudo borrar

Las pirámides y Stonehenge impresionan porque se elevan hacia el cielo. Las de Brewarrina casi desaparecen bajo el agua. Pero dentro de esas paredes bajas hay una historia igual de extraordinaria: la de generaciones que observaron el río, entendieron sus ciclos y construyeron una obra que no rendía pleitesía a ningún faraón. Pertenecía a toda una comunidad. Y esa humildad, esa manera de trabajar con el agua sin intentar dominarla, es quizás el mayor monumento de todos.

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