
El primer plagio que valió la pena
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Si estás leyendo esto, no le des las gracias a un genio. Ni a un dios. Ni a un rey iluminado. Dale las gracias a un puñado de mineros semitas con la espalda rota y la paciencia justa. Hace 3.800 años, en el Sinaí, estaban picando turquesa para sus jefes egipcios. Veían jeroglíficos por todas partes. Y pensaron lo que piensa cualquier currantes desde que el mundo es mundo: «esto lo simplifico, que curro menos». Ese robo con nocturnidad y alevosía es el origen de todo lo que estás leyendo ahora mismo.
Inventar la escritura desde cero es tan difícil que, en cinco mil años, solo pasó tres veces. Los sumerios, hacia el 3200 a.C., con sus tablillas de barro y su cuneiforme. Pero ojo: no nació para la poesía. Nació para la contabilidad. Para no timarse en el mercado. La literatura, Gilgamesh y los himnos a los dioses llegaron siglos después, cuando alguien descubrió que aquella hoja de Excel también servía para contar historias. Todo lo demás fue una aplicación posterior.
La segunda vez fue en Mesoamérica. Zapotecas, olmecas, mayas. Sin aviones, sin WhatsApp, sin saber que al otro lado del océano alguien ya había hecho lo mismo. Y llegaron a soluciones parecidas. No porque los visitaran los alienígenas, sino porque, cuando te enfrentas al mismo problema, el abanico de soluciones razonables es limitado. La tercera fue China, hacia el 1300 a.C. Y Egipto… bueno, Egipto es el primo que llegó tarde y copió el examen. Los jeroglíficos aparecen demasiado completos y demasiado cerca de Sumeria como para no sospechar.
Solo 30 letras
El resto del planeta es la crónica de un plagio anunciado. Griego, fenicio, latino, cirílico, árabe, hebreo: todo desciende de aquel alfabeto semítico nacido en las minas del Sinaí. Unos obreros vieron los jeroglíficos, se quedaron con treinta y los reutilizaron para representar sonidos. El dibujo del agua se convirtió en nuestra M. Treinta letras. Nada de cientos de signos reservados a escribas de casta. Un sistema brutalmente sencillo, nacido por pereza funcional.
Y luego está Sequoyah. Un cheroqui que, a principios del siglo XIX, vio a los blancos hacer marcas en un papel y repetir discursos larguísimos como si el papel hablara. No sabía leer ni una palabra de inglés. Pero se pasó doce años obsesionado, hasta parir ochenta y cinco símbolos. Demostró su invento con su hija Ahyoka: ella salía de la habitación, alguien dictaba, él escribía, ella volvía y lo leía.
Cinco años después, su pueblo tenía periódico propio. No copió el plano. Copió la idea. Que es mucho más difícil. El resto de la humanidad, durante milenios, ha hecho lo que hacemos hoy con los memes: copiar, adaptar y pegar sin citar la fuente. Y si te consuela: el plagio, cuando funciona, también es historia. Sin aquellos mineros sinvergüenzas, hoy no estarías leyendo esto.






