
La sangre real que costó la cabeza
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Margaret Pole era una mujer de 67 años cuando los soldados del rey llamaron a su puerta en la Torre de Londres. No había juicio, ni defensa, ni testigos. Solo una orden sellada y la certeza de que aquella mañana de mayo de 1541 sería la última.
Enrique VIII, que había roto con Roma y con su esposa, que había mandado ajusticiar a dos de sus propias esposas, no necesitaba pruebas para condenar a una anciana. Le bastaba con su apellido.
Porque Margaret no era una cualquiera. Era hija de George Plantagenet, duque de Clarence, y sobrina de dos reyes, Eduardo IV y Ricardo III. En sus venas corría la sangre de la dinastía que había gobernado Inglaterra durante siglos. Esa cercanía al trono era su mayor privilegio y su peor condena. Su padre, su hermano y su propio marido habían muerto o sufrido prisión por la misma razón: ser demasiado reales en un país donde los reyes no compartían el poder.
El error de la fidelidad
Cuando Enrique VIII decidió anular su matrimonio con Catalina de Aragón y romper con el Papa, Margaret cometió el error de la fidelidad. Siguió siendo amiga de Catalina, siguió cuidando de su hija María, y su hijo Reginald, desde el exilio, escribió un tratado que ponía al rey en ridículo. Reginald estaba fuera de alcance, pero su familia seguía en Inglaterra. Y el rey, que no podía atrapar al hijo, decidió castigar a la madre.
La arrestaron, la interrogaron y, aunque no pudieron probar nada, Enrique recurrió al bill of attainder, una condena sin juicio aprobada por el Parlamento. Perdió su título, sus tierras y su libertad. Pasó dos años y medio en la Torre, hasta que la mañana del 27 de mayo, el rey ordenó su ejecución sin previo aviso. No hubo gran cadalso, solo un bloque de madera y un verdugo aprendiz.
El resultado fue un desastre. El joven verdugo descargó el hacha una y otra vez sobre la cabeza y los hombros de la anciana. Once golpes, según algunas crónicas, antes de lograr decapitarla. Margaret, que se había negado a inclinar la cabeza como los traidores, murió en medio de aquella carnicería. Su hijo Reginald, desde el exilio, declaró que era hijo de una mártir. Años después, tras la muerte de Enrique, regresó a Inglaterra como arzobispo de Canterbury, bajo el reinado de María, la misma niña que Margaret había criado. Pero ella ya no estaba para verlo. No murió por lo que hizo, sino por lo que representaba: una dinastía que un rey temía, una lealtad que un rey no podía comprar y una sangre que, por más que el hacha intentara borrarla, seguía corriendo por las venas de la historia.






