El hombre al que la guerra le supo a vida

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- La historia de Adrian Carton de Wiart suena a invento de guionista borracho. Un tuerto, manco y lleno de agujeros que se pasea por medio siglo de matanzas como quien va al trabajo. Pero existió. Nació en la Bruselas aristocrática y decidió que su vida sería una larga conversación con la metralla. Pasó por los Bóeres, por la Primera y por la Segunda Guerra Mundial. Y en cada una dejó un pedazo de sí mismo.

Su cuerpo fue el parte de guerra más detallado que jamás se haya escrito. En los Bóeres le abrieron la barriga y la ingle. En Somalia, una bala le reventó la cara y le arrancó el ojo izquierdo de cuajo, junto con medio lóbulo. En el Frente Occidental, el cráneo, el tobillo, la cadera, la pierna. También perdió la mano izquierda, arrancada de su muñeca para siempre. Pero ahí seguía, cojeando y maldiciendo, sin entender que su cuerpo ya había dado por terminado el combate.

Una ruina con uniforme

En 1916 le dieron la Cruz Victoria por el Somme. Tenía 36 años y era una ruina con uniforme, pero la guerra aún no había terminado con él. En 1941, su avión cayó al Mediterráneo. Nadó hasta la orilla, con un ojo y una mano, y los italianos lo capturaron. Ya era un anciano de cartón piedra, pero se pasó meses cavando túneles para fugarse. No era valor. Era una incapacidad absoluta para aceptar la paz, aunque fuera la de una celda.

Luego llegó la frase que descoloca todo. En sus memorias escribió: “Francamente, disfruté la guerra”. No lo dijo para hacerse el duro. Lo dijo porque, para él, era verdad. Esa confesión no es heroica, es incómoda. Porque hay hombres que solo sienten el pulso cuando el mundo arde. Y Carton de Wiart era uno de ellos. La guerra no fue su condena, fue su única droga, su única forma de sentirse vivo.

Murió en 1963, a los 83 años, con más agujeros que un colador y con una sonrisa probablemente torcida. Su resistencia física asombra, claro. Pero lo que realmente inquieta es la pregunta que deja flotando: ¿qué clase de época fabrica a alguien que echa de menos el infierno? Un tipo que sobrevivió a todo, pero que nunca logró sobrevivirse a sí mismo cuando los cañones callaron. Esa, y no la metralla, es su verdadera tragedia.

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