De Rhodes a la carretera: la vida imposible de Kris Kristofferson

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Kris Kristofferson parecía tener un destino escrito con tinta indeleble: familia militar, padre de la Fuerza Aérea, y en casa el deber no se discutía, se heredaba. Nació en Texas, fue atleta, boxeador, estudiante brillante, beca Rhodes en Oxford para literatura inglesa. O sea, el currículum perfecto para ser alguien importante. El sueño húmedo de cualquier padre. Pero Kristofferson tenía otra guerra por dentro, y esa no se ganaba con medallas.

Después de Oxford, se metió al Ejército, completó la escuela Ranger, se hizo piloto de helicóptero y llegó a capitán. Le ofrecieron enseñar literatura en West Point. ¿El camino trazado? Impecable. ¿Lo cogió? Ni de coña. En 1965, con 29 años, lo mandó todo a la mierda y se fue a Nashville a componer country. Su familia lo miró como si hubiera perdido el juicio. Y quizá lo había perdido, pero para encontrar algo que no sabía que buscaba.

A empezar desde abajo

Durante años fue invisible. Camarero, obrero, ferroviario y, atención, conserje en los estudios Columbia, donde limpiaba ceniceros mientras los famosos grababan. También volaba helicópteros para llevar trabajadores a plataformas petroleras. Entre vuelo y vuelo, escribía canciones. Una de ellas se llamaba Sunday Mornin’ Comin’ Down. Y ahí empezó el milagro.

La leyenda cuenta que aterrizó un helicóptero en el jardín de Johnny Cash para que escuchara sus demos. Cash, claro, terminó grabándola, y en 1970 llegó al número uno. Ese año ganó el premio a canción del año. Janis Joplin convirtió Me and Bobby McGee en un himno inmortal. De repente, el tío que barría ceniceros era el compositor más importante de Estados Unidos. Y luego vino el cine: un Globo de Oro, The Highwaymen con Cash, Willie y Waylon. Una vida que parece un guion de Hollywood.

Murió el 28 de septiembre de 2024, con 88 años. Pero su vida no fue una línea recta, fue un cóctel molotov de soldado y poeta, piloto y conserje, académico y rebelde. Sus canciones duelen porque no las escribió desde el éxito, sino desde la trinchera de un tipo que lo perdió todo —prestigio, dinero, dignidad— para encontrarse a sí mismo. Y al final, el becario Rhodes que limpiaba ceniceros demostró que, a veces, perder el camino es la única manera de llegar a casa. El puto amo.

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