La continuidad del poder por encima de la capacidad del líder

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Por Luis Alberto Ramírez ()

La Habana.- Cuando un régimen permanece durante demasiados años en el poder, termina adaptando a la sociedad a su propia forma de gobierno. Algo similar ocurrió con las monarquías hereditarias de Europa y Asia, donde los pueblos llegaron a acostumbrarse tanto a la figura del gobernante que, con el tiempo, algunos líderes dejaron de ser vistos simplemente como autoridades y pasaron a ser considerados figuras casi sagradas, como si su poder tuviera un origen divino.

La idea de un líder elegido por una voluntad superior, y no por sus capacidades o por la libre decisión de los ciudadanos, ha sido utilizada también por los gobiernos totalitarios de izquierda. La diferencia es que, en lugar de atribuir ese poder a Dios, lo justifican en nombre del proletariado. Bajo esa lógica, quien llega al poder lo hace supuestamente por mandato de una clase social y, por tanto, adquiere una legitimidad que le permite permanecer indefinidamente.

Por eso, dentro de estos sistemas, los dirigentes pueden colocar o retirar funcionarios según su conveniencia, porque el poder no se basa en la capacidad individual de quienes ocupan los cargos, sino en la lealtad al proyecto político establecido.

Dicho esto, surge una pregunta inevitable: ¿podría el nieto de Raúl Castro llegar a ser presidente de Cuba impuesto a dedo por el sistema? La respuesta, dentro de la lógica del castrismo, es que sí. Cualquiera podría ocupar la presidencia siempre que cumpla con los requisitos establecidos por el propio sistema. No necesariamente tendría que demostrar inteligencia política, liderazgo o experiencia; bastaría con ser considerado idóneo para mantener la continuidad del modelo.

Cuba puede estar preparada para recibir un nuevo mandatario, pero mientras el castrismo conserve el control del poder, la principal condición para dirigir el país no será necesariamente la capacidad personal del individuo, sino su fidelidad a los principios del sistema. En esa estructura, la continuidad del proyecto político termina teniendo más importancia que las cualidades del gobernante que lo representa.

El cangrejo habla porque sabe lo que está hablando, promete porque sabe que pude prometer y se alista sin duda alguna, para mantener al castrismo en el poder.

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