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Por Ulises Toirac ()

—¡Yo estoy usando la planta de Telefonía Central Emergente, pero va y el brujero tiene problemas en su zona! —el guardia operativo mantenía apretado su botón de intercomunicación blindado y se notaba una agitación inusual en el Punto de Apoyo Logístico, cuyo nombre en clave era La Montaña—. No se preocupe, compañero jefe; si a las cinco de la mañana no he alcanzado mi objetivo, yo personalmente voy a buscarlo… si me aprueban las asignaciones pertinentes de combustible y carro.

Colgó y levantó la vista: un recluta traía un documento al que adjuntaron una nota: «De ser necesario». Echó un vistazo: la orden de entrega de auto y combustible.

«¡Jone!… ¿qué pasa aquí que están buscando al mejor brujero del país a esta hora y… de esta manera?» —pensó y volvió a su teléfono—. ¿Se habrá muerto alguien?

Intentó varias veces hasta que dio con una voz adormilada y carrasposa, a la cual identificó corroborando el nombre que le habían informado: Juan José Itúrbide.

—El mismo que habla, pa servir a su mercé, chévere —le respondieron del otro lado.

—Le hablo desde la Montaña. «Cecilia Valdés no hablaba francés».

—«Pero bailaba, silvuplés» es la estúpida respuesta que tengo que darte.

—Debe estar listo para presentarse a las cero seis cero cero aquí.

—¿Tarea?

El guardia operativo se quedó mudo. «¡Ahora me voy a enterar!» —se alegró para sus adentros.

—Un momento —tapó el auricular y marcó el código del jefe en el intercomunicador—. Tengo al hombre en el teléfono y pregunta por tarea.

—Lluvia irrevocable e inamovible entre la tarde y la noche en la región occidental, incluyendo La Habana. Que no te falte una palabra de esa tarea. Y recoge la lista que te va a dar.

—A la orden —cerró el intercomunicador, preguntándose qué cojones era aquello, y repitió palabra por palabra la cabrona «tarea» que no le decía nada.

—Un momento —sintió que le decía el brujo del otro lado, y no pudo verlo, pero su interlocutor abrió el pronóstico de clima de Google en su móvil y… ¡bingo! Tormentas eléctricas y probabilidad de lluvias de más del ochenta por ciento entre las cuatro de la tarde y las nueve de la noche en La Habana. Eso bastaba.

Se escuchó un suspiro en el teléfono del guardia operativo y luego:

—¡Brrrr…! ¡Siá cará! ¡Dura tarea! Anota ahí. Cinco libras de chorizo Taoro, diez latas de leche condensada, seis kilogramos de carne de res al vacío y congelada, ocho gallinas deshuesadas y también congeladas, medio saco de arroz, diez libras de frijoles negros, ocho pomos de judías Vima, dos gallinas prietas, seis caracoles del Pico Turquino y seis de Varadero, y dos pomos de miel Apisuna… Ah, y cincuenta litros de gasolina para mi planta eléctrica. ¿Anotó bien?

—¡Sí, compañero babalawo!

—Espero preparado aquí.

Cortaron ambos la llamada, y el guardia operativo leyó una y otra vez la lista mientras la digitalizaba con su móvil para enviarla codificada a su jefe. «Joneeee… ¡Itúrbide va a jamar bueeeeenoooo!».

Menos de una hora después, Juan José Itúrbide entraba en «la Montaña». Habían aparecido en un québoláquépasó hasta los caracoles del Pico Turquino y de Varadero. «En ese almacén hay hasta pelos de Félix Varela» —pensó el guardia operativo, que había sido designado también para recibir a Itúrbide y llevarlo al Salón de Protocolo número tres, donde ya estaba esperando un grupo folclórico para el rezo de ofrenda.

El brujero y el joven guardia caminaban por un corredor a cuya izquierda se desarrollaba una larga cristalería de piso a techo, tras la cual una hermosa y tupida vegetación tropical impedía la vista. A la derecha, una serie de oficinas desde las cuales se filtraban los sonidos.

—Mira lo que te voy a decir, despachador nacional —se oyó en una de las oficinas—… si se cae el SEN hoy, lo vamos a tomar como traición a la patria y vamos a hacer una exhaustiva investigación. ¡Así que miren a ver, que la asignación de combustible para todas las termoeléctricas está en cada una haciendo un gran sacrificio para la economía nacional! ¡¿Usted me entendió?!

De otra oficina:

—¡Muévanse ya! Pero cautelosamente. ¡Ni la cabeza pueden sacar los cadetes de los camiones hasta que no se dé la orden! ¡Y que aguanten el calor, que pa eso son guardias! ¡¿Usted me entendió?!

De otra más:

—¡Toda! ¡Hagan magia, que para eso les dimos los recursos! A las diez de la mañana salgo a inspeccionar por toda la ciudad, y no quiero ver un cabrón basurero. ¡¿Usted me entendió?!

«Yo sí entendí. Hoy va a llover de varias formas» —pensó Itúrbide mientras caminaba junto a su guía, y se le dibujó una sonrisa. En la puerta del Salón de Protocolos lo esperaba un alto oficial, ya viejo conocido.

—¡Qué bueno verte de nuevo, Itúrbide! —y le abrazó—. Hoy tu misión es muy importante. Tú sabes que nosotros somos marxistas y materialistas, pero hoy no puede fallar ni un tornillo, así que contamos contigo para una buena lluvia que ayude a contener a la gente en sus casas. La cosa se ha puesto muy cabrona para la gente estos últimos años, pero tenemos que hacer hasta lo imposible por evitar otro jelengue, así que este año vamos ¡con todo!

—Comprendo, compañero… chévere —dijo Itúrbide y se mordió la lengua porque podía malinterpretarse su frase.

El oficial le miró con una de esas miradas que uno enseguida identifica como peligro, pero a los dos segundos la cara del militar se relajó:

—Ya puedes empezar tu loquera.

Ahora fue el religioso quien se sintió agredido. Sin mover un músculo, decidió joder un poco.

—No, no, no… si necesitamos que la mejor efectividad de mi actividad religiosa sea por la tarde, yo tendré que empezar luego de que almorcemos —miró dentro del Salón; había unos veinte artistas—. Todos.

—Ah, bueno, no hay problemas —respondió el oficial.

Itúrbide quiso apretar una pulgada más:

—¿Habrá un buen ron y latas de Coca‑Cola frías para calentar motores?

—En dos minutos mando eso —sonrió—. Y hasta yo vengo un rato a calentar motores.

Ambos sonrieron, e Itúrbide dio un paso dentro del Salón.

—¡Mi gente linda, cará! ¡Otra vez juntos, chévere! —y avanzó. Abrió los brazos en señal de saludo colectivo mientras caminaba, desplegando la hermosa túnica africana que traía puesta.

Afuera apenas comenzaba a despuntar otro once de julio.

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