
De carne y hueso
Por Tania Tasé ()
Berlín.- Hay personas que se convierten en símbolo. Y ya esto es un muy mal comienzo para el post que intento hacer desde hace días. Desde el chismorreo que formó un envidioso hace unos días y también desde bastante antes.
Luis Manuel Otero Alcántara va a salir en unos días de la cárcel, del infierno donde nunca debió estar. Cinco largos años en los que sufrió lo que ningún ser humano merece. Mucho menos uno inocente. ¿Es un artista? Sí, y además uno increíblemente bueno. ¿Es un cojonudo al que le teme el régimen? Sí, sin dudas. Fíjense si es así que no le van a dejar pisar la calle. Será un destierro exprés. ¿Es un símbolo y un ejemplo? Sí. Pero ¿símbolo de qué? ¿Ejemplo para quiénes? Ahí se puede hablar mucho y todo cierto.
Para mí es símbolo de una testarudez bendita, la terquedad insobornable que mueve a algunas personas a ir en contra de todo lo que pretenda hacerles bajar la cabeza, a sentir vergüenza de sí mismos si se doblegan ante un poder que representa deshumanización a través de la violencia que solo poseen los cobardes armados hasta los dientes.
Pero Luisma es para mí ante todo una persona. Es un ser de carne y hueso, es un cuerpo maltratado hasta por él mismo, cuando solo le quedó el cuerpo para rebelarse. Y una mente brillante que nunca aceptará cadenas, vengan de donde vengan. Nos va a invadir la alegría por verlo al fin fuera. A la mayoría de nosotros. Nos vamos a emocionar, lloraremos tal vez, con esas lágrimas —las más sinceras de todas— que solo produce el alivio de ver a alguien salvarse de ese poder terrible sin comprometer su conciencia. Todos vamos a querer un pedazo de él. Pero ¡cuidado! Cuidado con exigirle que diga solo lo que queremos oír. Ya ha sucedido antes.
Yo solo conozco a Luis Manuel por las redes y por lo que cuentan sus amigos y también… sus enemigos. Él es una persona. De carne y hueso. Con su propio lenguaje, sus sueños que nunca ha podido ver realizados, sus manías y su ego. Igualito que muchos de nosotros.
Yo temo. Tengo miedo de que no le demos el tiempo que necesita para recuperarse. Tengo miedo de que no le permitamos, con nuestras exigencias, disfrutar de su familia, de los amigos que sí lo conocen bien y no se han cansado jamás de luchar por su libertad, asumiendo ellos en carne propia todos los riesgos que implica ser fiel a alguien. Y mi temor no es infundado. Ha pasado con harta frecuencia con otros presos políticos liberados por el régimen porque no le ha quedado más opción. Porque hombres como estos le salen muy caros presos, así que los sueltan para que luego nosotros mismos… los despedacemos.
Aprendamos y respetemos. Cariño, confianza y respeto es lo que merece alguien que ha estado preso por tener los santísimos cojones de no dejarse aplastar por el régimen que ha acabado con nuestra Cuba.






