
Mi Mundial
Por Oscar Durán
La Habana.- Dicen que el Mundial de fútbol paraliza al planeta. Que durante noventa minutos se olvidan las guerras, las crisis y los problemas cotidianos. Yo quisiera saber qué se siente. Hace días que no veo un partido completo. No porque no quiera. No porque no me guste el fútbol. Es que en mi casa los apagones duran más que cualquier tiempo extra.
En lo que millones discuten si el gol fue fuera de juego o si el árbitro se equivocó, yo miro un bombillo apagado y me pregunto cuándo volverá la corriente. Ese es el primer pitazo de mi Mundial.
El segundo tiempo empieza cada mañana cuando abro el refrigerador. No busco una cerveza para acompañar el partido. Busco un milagro. Lo que aparezca y pueda convertirse en comida para mi hijo. En Cuba, el verdadero delantero centro es el que consigue un cartón de huevos, un poco de pollo o un paquete de arroz antes de que desaparezca.
Aquí no hay fichajes millonarios ni cláusulas de rescisión. Aquí la transferencia más importante es lograr que alguien te venda un pedazo de pan sin tener que hipotecar el salario del mes.
Después llega el agua. Tres meses. Noventa días. Más de dos mil horas sin que una gota salga por la llave de mi casa. Hay personas que celebran cuando su equipo levanta una copa. Yo celebraría escuchar el ruido de una tubería llenándose. Aprendí que un cubo lleno vale más que cualquier trofeo. Que bañarse dejó de ser una rutina para convertirse en un privilegio. Que vivir pendiente de una pipa es una humillación que ningún discurso oficial podrá maquillar jamás.
Y entonces aparece el dinero. Ese jugador expulsado desde hace mucho del terreno. El salario apenas alcanza para sobrevivir cinco días de un mes que insiste en tener treinta. Los otros veinticinco hay que jugarlos con imaginación, con préstamos, con favores, con angustia y con el miedo permanente de que un niño te pregunte por qué hoy tampoco hay lo que había ayer.
Esa pregunta pesa más que cualquier derrota en una final. Un padre puede aceptar perder un partido, lo que nunca acepta es perder la capacidad de alimentar a su hijo.
Por eso, cuando alguien me pregunta por el Mundial, sonrío con una tristeza que ya aprendió a vivir conmigo. Mi Mundial no se juega en Estados Unidos, México o Canadá. Se juega todos los días en una casa donde falta la corriente, el agua, la comida y la esperanza.
Mi estadio es una cocina vacía. Mi uniforme es la ropa sudada por los apagones. Mi rival no viste otra camiseta que la de un sistema que convirtió la supervivencia en deporte nacional.
Ahora mismo muchas personas están disfrutando de un Mundial sin precedentes, pero millones de cubanos seguimos disputando el único campeonato que nunca quisimos jugar: el de sobrevivir un día más bajo una dictadura que hace mucho dejó de gobernar para empezar a condenar.






