
El dólar, el cebo y la cuerda floja
Por Jorge Sotero ()
La Habana.- El dólar iba embalado en Cuba, sí, pero no como un cohete. Más bien como un hombre que ha visto el vacío y decide lanzarse a él sin red. En apenas diez días, la divisa saltó de los 600 a los 700 pesos, como si la lógica económica se hubiera tomado unas vacaciones en Varadero. Pero, nada más tocar esa cima resbaladiza, como si el palo estuviera untado con el mismo cebo que usan los gobiernos para engrasar sus promesas, el billete verde se despeñó y en cuatro días regresó a los 600, donde amaneció este martes.
Veinticuatro horas después, como quien ensaya un baile torpe, recuperó diez pesos y se plantó en 610. Una montaña rusa que no divierte a nadie, salvo quizás a los especuladores que ya saben que en este país las reglas las escribe el vértigo.
La subida, claro, era predecible. El peso cubano hace tiempo que perdió su vocación de moneda y se ha convertido en un souvenir sin valor, una reliquia que nadie quiere cambiar por nada que realmente sirva. La economía va al garete, y no es metáfora: el motor productivo está tan oxidado que apenas rueda, y lo que rueda es ruido.
Producir nada o casi nada, en el fondo, es la misma desolación. Pero la caída abrupta, esa que devolvió el dólar a los 600 en un santiamén, resulta inexplicable a simple vista, a menos que uno se asome al abismo de la liquidez y descubra que los pesos escasean tanto como las ideas en el gobierno.
Los bancos no tienen dinero
Y es que los bancos no tienen plata. Literalmente. No tienen billetes para pagar a los jubilados, y han tenido que ingeniarse una coreografía absurda: que los dueños de las mipymes, esos valientes que aún creen en el esfuerzo, se conviertan en cajeros improvisados y le abonen la pensión a los ancianos de su vecindario. Increíble, pero cierto.
El Banco Central, esa institución que debía velar por la estabilidad, se ha quedado sin papel moneda, como un escritor sin tinta, y su única respuesta es el silencio y la improvisación. Nadie quiere vender lo poco que tiene por transferencia, porque el dinero electrónico en Cuba es un espejismo que no lleva a ninguna parte: no hay quien venda dólares por esa vía, y el gobierno, incapaz de producir moneda, ni siquiera puede imprimir billetes en el extranjero.
El problema se agrava cuando se asoma a la geopolítica. Los billetes que Rusia imprime para Cuba, en una de esas ironías de la historia, no pueden cruzar el Atlántico porque Cubana de Aviación no tiene aviones: las dos aeronaves que podrían hacer el viaje fueron golpeadas por Ucrania mientras las reparaban en Ulianovsk, y no hay vuelos que conecten Moscú con La Habana.
Así, el dinero que debía circular está varado, como un náufrago en un aeropuerto sin salida. Y la isla, mientras tanto, espera un milagro que no llegará, porque los milagros económicos no se fabrican con decretos ni con discursos.
El camino de la devaluación total
En este panorama de incertidumbre, predecir el precio del dólar en una semana o dos es como tratar de adivinar el próximo capítulo de una telenovela escrita por un aprendiz de brujo. Pero si hubiera que apostar, y yo soy un jugador prudente, diría que en pocos días el billete verde habrá vuelto a sobrepasar los 700, y que para finales de julio habrá dejado atrás los 800, camino de los 1000 antes de que termine el verano. No es un vaticinio, es un reflejo de la inercia: cuando una economía se desmorona, su moneda solo tiene un destino, y ese destino se llama devaluación.
La culpa, por supuesto, es del gobierno y de sus erráticas políticas económicas, que han convertido la moneda en un chiste de mal gusto y la vida de los cubanos en una ruleta rusa.
Mientras el dólar sube y baja como un péndulo loco, la gente se pregunta si habrá pan mañana, si habrá luz, si habrá esperanza. Y yo, desde esta atalaya de observador, solo puedo confirmar lo que todos saben: el peso cubano está herido de muerte, y el remedio no llegará en un barco ruso ni en un decreto presidencial. Llegará cuando la realidad, implacable, pase factura, y entonces, quizás, alguien recuerde que las monedas no se salvan con discursos, sino con decisiones que aún no se han tomado.






