La historia detrás de la foto (LXXXX)

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Por Jorge Sotero

Las Tunas.- Hay fotografías que no necesitan estar en blanco y negro para doler. Esta es una de ellas. Una niña sostiene unas hojas entre las manos y lee con toda la inocencia del mundo. Lleva el uniforme impecable, las medias hasta las rodillas y esa mezcla de nervios y responsabilidad que solo tienen los niños cuando creen que están participando en algo importante. Detrás de ella cuelga una bandera cubana, una cortina o una sábana -no se sabe bien- y un enorme retrato de Fidel Castro. Delante, unas flores intentan adornar una ceremonia que, más que una fiesta, parece un ejercicio de resistencia.

Uno mira la escena y no puede evitar preguntarse qué futuro les espera a esos niños. ¿Eso es una escuela o el patio de una casa? ¿Cuántos de esos niños pudieron dormir con corriente? ¿Le alquilaron el bafle a un opositor? Esa foto parece más bien una despedida de duelo y no un acto de fin de curso. ¿De dónde sacaron esa escenografía?

Lo más triste de la imagen no es el retrato gigante ni los globos intentando ponerle color a la mañana. Lo verdaderamente desgarrador son esas caras pequeñas que todavía creen. Niños que aún no saben que muchos de sus maestros terminarán abandonando las aulas, que algunos de sus compañeros quizá no regresen el próximo septiembre porque sus familias habrán emigrado, o que estudiar y esforzarse ya no garantiza un futuro dentro de la isla. Ellos sonríen porque son niños. Los adultos, en cambio, sabemos demasiado.

Cuba siempre dijo que la escuela era el templo de la esperanza. Hoy, viendo escenas como esta, cuesta sostener esa frase sin que se haga un nudo en la garganta. No porque falte el cariño de los maestros o el esfuerzo de las familias, sino porque ningún acto de fin de curso puede ocultar la realidad de un país que pierde a su gente, a sus profesionales y, poco a poco, también la confianza de quienes deberían heredar su futuro.

Quizás dentro de veinte años alguien encuentre esta fotografía olvidada en un álbum familiar. Verá a aquella niña leyendo frente al micrófono y se preguntará qué fue de ella. Ojalá pueda responder que encontró un camino, que logró cumplir sus sueños y que no tuvo que renunciar a ellos por haber nacido donde nació.

Ninguna infancia merece convertirse en un recuerdo de lo que pudo haber sido y nunca fue.

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