
Se cagó Cagada… perdón, Cavada
Por Max Astudillo ()
La Habana.- Roberto Cavada, el periodista dominicano de origen cubano que siempre parecía tener espinas en el micrófono, el que se caracterizaba por esa incisividad que ponía nerviosos a los poderosos, el que en la tele dominicana no se callaba ni debajo del agua, viajó a La Habana con la mejor intención del mundo y terminó convertido en un felpudo con credencial de prensa.
No sé qué le pasó. Si fue el sol caribeño, si fue el aire acondicionado del Palacio de la Revolución, o si simplemente se le olvidó que era periodista y no presentador de un matutino de bienestar social. Pero lo cierto es que se sentó frente a Díaz-Canel y, en lugar de preguntar, aplaudió. Y mientras el mandatario cubano soltaba perlas como «Cuba es uno de los cinco países con mejor dinámica de crecimiento del mundo», Cavada asentía con la cabeza como si estuviera escuchando a un premio Nobel de Economía y no a un tipo que probablemente no ha pisado una cola de pan en su vida.
Y aquí viene lo mejor: el presidente cubano dijo que pasaron del tres al diez por ciento de generación fotovoltaica, que cinco mil viviendas aisladas ya tienen energía solar, que cinco mil personas con problemas físicos también, y que cinco mil trabajadores destacados disfrutan del privilegio. ¿Cinco mil? ¿Cinco mil de todo? Parece que en el gobierno cubano les gusta el número cinco mil como a los niños les gusta el chocolate. Todo son cinco mil, todo es redondo, todo es tan perfecto que hasta parece sacado de un cuento de hadas tropical. Pero Cavada, en lugar de preguntarle: «Señor presidente, si es tan maravilloso, ¿por qué la gente se va a oscuras y con hambre?», se quedó callado, con la mirada perdida, como si hubiera hecho un pacto de silencio con el régimen.
Profesor de historia el Canelo
Lo más bochornoso, lo que ya es de traca final, fue cuando Díaz-Canel se puso a dar clases de historia, mezclando a Cuba y a la República Dominicana como si fueran primos hermanos que comparten el mismo destino. Y Cavada, que debería haberle dicho: «Oiga, permítame, que yo también sé de historia, y lo que usted está diciendo es una versión muy particular de los hechos», se limitó a sonreír y a dejar que el presidente hablara sin interrupción.
Hasta parecía que estaba tomando notas para un examen de Geografía e Historia, pero con la diferencia de que el profesor era el que siempre reprueba al pueblo en la vida real. Porque si hay alguien que ha suspendido en gestión, en honestidad y en humanidad, ese es el gobierno que Cavada dejó pasar como si fuera un líder iluminado.
Yo me pregunto: ¿dónde quedó el Cavada que entrevistaba a presidentes con la firmeza de un fiscal? ¿Dónde quedó el periodista que no se dejaba engañar por nadie? Porque este que vimos en la entrevista parecía más un relacionista público de la dictadura que un comunicador crítico. Y no me vengan con que «es que en Cuba no se puede preguntar». Mentira. Se puede preguntar todo, lo que pasa es que hay que tener los pantalones bien puestos. Otros periodistas lo han hecho. Pero Cavada, no. Cavada se fue de Cuba con el carnet de prensa en una mano y la credibilidad en la otra, y la dejó caer en algún lugar del Malecón, donde quizás algún pescador la encuentre y la use para limpiar sus aparejos.
Y ahora, muchos ya no verán a Roberto Cavada de la misma manera. Porque cuando un periodista deja de preguntar, deja de ser periodista. Se convierte en otra cosa: en un altavoz, en un decorado, en un señor que asiente mientras el poder miente. Así que, con todo respeto y con todo el cariño que le tengo a la profesión, permítanme decirles que Roberto Cavada se cagó en la entrevista. O mejor dicho, se cagó él mismo, porque el que calla ante la mentira se convierte en cómplice. Y eso, amigo Cavada, no se lo perdonamos ni usted ni nosotros.
Bueno, quizás usted sí, pero nosotros, los que vemos la televisión con los ojos abiertos, sabemos que el periodismo no es para cobardes ni para lamebotas. Es para valientes. Y en esa entrevista, valiente no hubo ni uno.






