¿Cómo los cubanos aprendieron a hablar en voz alta sin que les temblara la voz?

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Por Yanetsy Pino ()

Atlanta.- Si algo tienen en común Gilead —país donde se desarrolla la serie El cuento de la criada— y Cuba es el régimen tan profundamente opresivo en que se vive, o se sobrevive. En estos dos mundos, el poder quiere meterse en todo y vigilarte las veinticuatro horas del día. Usan los ojos del Estado como el arma más destructiva para controlarte. Por eso, cuando el lugar donde vives está lleno de soplones, oficiales de la seguridad del Estado o funcionarios, uno llega a una conclusión clarísima: que te quiten la mirada de encima y te dejen en paz es la mayor libertad que puedes tener.

Tanto en Cuba como en Gilead, desaparecer del mapa de los que mandan es la única forma de proteger lo que de verdad piensas. Llega un momento en que entiendes que la libertad no es solo poder gritar lo que sientes, sino también el milagro absoluto de pasar desapercibido, de ser invisible para «el lobo».

Tener que esconderte todo el tiempo te cambia por dentro y afecta directamente cómo hablas. Para que no los vean como un peligro, muchos terminan llevando una doble vida: se ponen una máscara pública para aplaudir y fingir que están de acuerdo, mientras su verdadero yo se esconde en la sombra. Mantener ese personaje día tras día provoca un desgaste emocional que destroza por dentro.

El eco gigante y el régimen

Al mismo tiempo, la forma de hablar se reduce a la intimidad. Nace el lenguaje de los susurros. Las consignas repetitivas del gobierno se combaten en voz baja, usando el doble sentido, las señas, el silencio que lo dice todo y, por supuesto, nuestro choteo cubano, esa risa que ha servido siempre para defendernos de la tragedia.

Pero entonces llegaron las redes sociales a la vida real y lo cambiaron todo. Rompieron ese aislamiento y esa necesidad de fingir. El chisme y el susurro clandestino de pasillo se convirtieron, gracias a una pantalla, en un eco gigante que ha vuelto loco al régimen. Al darnos un espacio para vernos de otra manera, internet rompió el monopolio que el gobierno tenía sobre las noticias. También ayudó a espantar el miedo, porque al leer a otros te das cuenta de que no estás solo en la oscuridad, de que tu vecino piensa exactamente igual que tú. Esta conexión digital empuja a la gente a salir de la cueva. La gente deja a un lado las indirectas y empieza a usar las palabras claras para exigir derechos reales en el mundo virtual.

Ojo, esto no significa que el régimen haya dejado de ser una dictadura. Para nada. La raíz del sistema sigue intacta porque su poder no ha desaparecido, solo se mudó a un terreno nuevo. Un gobierno totalitario no se cae solo porque la gente encuentre un hueco en Facebook para desahogarse. Siguen teniendo el control de la comida, de los recursos; tienen las armas, la policía y la fuerza para castigar con la cárcel a cualquiera que se pase de la raya en internet.

La tiranía se adapta

En lugar de volverse más democrático, el régimen se ha adaptado a las redes cambiando su libreto de juego. Como ya no pueden evitar que la verdad circule, responden con lo que ya conocemos: apagones de internet cuando la cosa se calienta, leyes absurdas que inventan delitos digitales, campañas para difamar a la gente en la televisión nacional y persecución física a los activistas y creadores de contenido. La pantalla se volvió la nueva trinchera, un lugar donde la gente resiste, pero donde el abuso del Estado se sigue cobrando víctimas, recordándonos que el Gran Hermano ahora también te vigila el teléfono.

A pesar de ese peligro, la explosión digital provocó un desahogo colectivo que ya no tiene marcha atrás. Rompió ese encierro mental en el que vivíamos. Ha obligado a una sociedad que aprendió a sobrevivir escondida y callada a hacer el ejercicio más difícil de todos: volver a hablar en voz alta, mirarse a los ojos sin sentir terror y arrebatarle a los de arriba el derecho de contar nuestra propia historia.

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