Prisioneros de la curiosidad ajena

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Durante buena parte del siglo XX, hombres, mujeres y niños fueron exhibidos ante multitudes como si sus cuerpos y sus culturas fueran una atracción de feria. Algunos estaban detrás de cercas. Otros debían representar una versión exagerada de su propia identidad para entretener al público que pagaba la entrada. No eran esculturas, no eran actores: eran personas reales reducidas a la condición de espectáculo. Y lo más incómodo de contar esto no es lo lejano que suena, sino lo cerca que está.

En 1905, cincuenta y una personas del pueblo Bontoc, desde la isla filipina de Luzón, fueron llevadas a Coney Island. Allí, en Luna Park y Dreamland, construyeron aldeas simuladas y realizaron ceremonias, bailes y actividades preparadas para los visitantes.

La prensa los describía como seres “primitivos” y utilizaba la exhibición para justificar el dominio colonial de Estados Unidos sobre Filipinas. Había familias, había niños. El público pagaba para observar cómo vivían, comían y trabajaban. Sus costumbres fueron modificadas, exageradas, convertidas en producto. Trabajaban jornadas larguísimas, comían mal y no podían salir del recinto. Eran, a todos los efectos, prisioneros de la curiosidad ajena.

Lo mismo en Bélgica

Más de medio siglo después, en 1958, Europa repitió la escena con un guion casi idéntico. La Exposición Universal de Bruselas presentó una aldea congoleña rodeada por una cerca de bambú. Bélgica todavía gobernaba el Congo y utilizó aquella sección para mostrar una imagen cuidadosamente edulcorada de su colonia.

Hombres, mujeres y niños permanecían dentro mientras los visitantes los observaban. Algunos espectadores les lanzaban comida, imitaban sonidos de monos y los trataban como si formaran parte de un zoológico. Los participantes protestaron, exigieron respeto, y varios abandonaron la exposición antes de que terminara.

Una de las imágenes más conocidas de aquel episodio muestra a una niña congoleña detrás de la cerca, extendiendo la mano hacia los visitantes. No es una postal del siglo XIX: fue tomada apenas dos años antes de que el Congo consiguiera su independencia.

La Aldea Africana de Augsburgo

En 2005, el nombre «Aldea Africana» volvió a provocar indignación, esta vez en el zoológico de Augsburgo, Alemania. El evento era un mercado con puestos de artesanía, alimentos, música y presentaciones culturales realizadas por artistas que participaban voluntariamente.

No había jaulas, no había rejas. Pero el lugar elegido lo envenenaba todo. Presentar personas y culturas africanas dentro de un zoológico, junto a animales procedentes del continente, recuperaba una asociación colonial que Europa lleva generaciones arrastrando: África como territorio exótico, salvaje y ajeno a la modernidad.

Organizaciones afroalemanas, académicos y activistas alzaron la voz. Un estudio del Instituto Max Planck concluyó que, aunque no se trataba de personas encerradas, el evento reforzaba en numerosos visitantes la vieja ecuación entre africanos, naturaleza y animales.

El racismo en el disfraz de la curiosidad

Los tres episodios no fueron iguales, pero muestran cómo una misma mirada puede cambiar de forma sin desaparecer del todo. Primero fueron cercas y aldeas humanas. Después llegaron mercados, espectáculos y campañas disfrazadas de encuentro cultural, pero construidas desde la premisa de que ciertas personas existen para ser observadas como algo extraño.

El racismo no siempre regresa con las mismas palabras: a veces vuelve envuelto en curiosidad, en folclore, en entretenimiento familiar. Y el debate sobre los animales en cautiverio es distinto, aunque también merece una reflexión profunda. Ambos parten de un principio esencial: ningún ser vivo debería ser reducido a una atracción para saciar la curiosidad de otros.

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