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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Mario despertaba cada madrugada con el mismo ritual: ajustarse la corbata ante el espejo, ensayar la sonrisa del funcionario eficiente y repetirse que aquel día, por fin, cumpliría con lo que se esperaba de él. Pero nunca supo distinguir entre lo que se esperaba y lo que debía hacer. Juana, su esposa —esa tierra generosa que alguna vez llevó el nombre de la isla—, observaba en silencio cómo su marido se ausentaba cada vez más del hogar para atender los caprichos del viejo dueño de la finca, aquel patriarca de ojos de acero que había visto nacer y morir a varias generaciones sin inmutarse.

El viejo propietario, sentado en su mecedora de mando, encontró en Mario al administrador perfecto: dócil, aplicado, dispuesto a ejecutar cualquier orden sin cuestionarla. Mario vigilaba los almacenes, contaba los granos, anotaba las raciones y, sobre todo, se aseguraba de que nadie osara tomar más de lo asignado. Se convirtió en el verdugo de su propia sangre, negando medicinas a sus hijos mientras proveía de lujos al nieto del patrón, ese muchacho de manos blandas que llegaba en automóvil y nunca había pisado el barro de los campos.

Juana, mientras tanto, veía marchitarse sus frutos. Los niños crecían pálidos, con los huesos marcados bajo la piel, preguntando por qué el tío que vivía al otro lado del camino tenía harina blanca mientras a ellos les tocaba el pan moreno y duro. Mario respondía con el reglamento: «Así lo dispuso el dueño», «son las normas de la finca», «no me corresponde a mí decidir». Y seguía anotando en su libreta, cada vez más delgada, como si escribir el hambre la hiciera menos real.

Llegó el invierno de la desolación. Las cosechas se perdieron, los animales enfermaron, y el viejo propietario, en lugar de abrir los graneros, ordenó cerrarlos con candados nuevos. Su nieto, aquel muchacho inútil, fue nombrado mayordomo mayor, mientras Mario bajaba la cabeza y aceptaba su nuevo puesto de subalterno. «Es lo que hay», murmuraba, «hay que adaptarse», «hay que resistir, con creatividad». Y mientras los habitantes de aquel lugar morían de hambre o eran encarcelados, él pulía los zapatos del heredero para que lucieran bien en la fiesta de la cosecha.

La familia, al fin, le volvió la espalda. Gritos, calderos, reproches, y el silencio más terrible: el de los que ya no esperan nada. Juana, convertida en esqueleto de tierra seca, vio partir a sus hijos hacia otras fincas, hacia otros horizontes, dejando atrás al hombre que prefirió ser sirviente antes que padre. Mario se quedó solo con sus libretas y sus órdenes, administrando la nada, mientras el patrón y su nieto brindaban con vino importado en la casa grande.

La finca, aquel paraíso que pudo ser, quedó reducida a ruinas. Y la lección, escrita con sangre en sus muros, es que no hay mayordomo tan eficiente que pueda salvar un hogar si olvida que su primera responsabilidad es con los suyos. Que el poder prestado corrompe, que la obediencia sin juicio es cómplice, que el que sirve al tirano termina devorado por su propia sumisión. Y que el verdadero dueño de una tierra no es quien la posee, sino quien la ama y la cuida con sus propias manos.

Hoy, caminando entre los escombros de aquella casa vacía, los hijos de Mario vuelven a preguntarse cómo fue posible que un hombre prefiriera ser el perro fiel de su verdugo antes que el padre que Juana merecía. Y el viento, que corre libre por los campos abandonados, susurra la respuesta que Mario nunca quiso escuchar: que el mayordomo más necio no es el que no sabe, sino el que sabiendo, elige no ver.

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