
¿Singapur o Singacuba?
Por Luis Alberto Ramírez ()
Miami.- Escuchando el discurso de Díaz-Canel en la sesión extraordinaria del Partido Comunista, no me quedó otro remedio que reírme. Porque el mandatario cubano no se da cuenta de que el relato establecido y aprobado unánimemente es un chantaje emocional que ya ningún cubano se traga.
Ahora ha descubierto que si no hay riqueza, no hay nada que distribuir. Claro, sin riqueza solo se puede distribuir pobreza, y eso es precisamente lo que el gobierno cubano ha distribuido durante 67 años. Díaz-Canel llega con esta supuesta liberación de la economía en el momento más caótico de la Revolución cubana. Sabe que su régimen cuelga de un hilo y pretende convencer a Estados Unidos de que Cuba podría convertirse en el nuevo Singapur del Caribe. Pero ese cuento no se lo cree nadie, incluida la administración de Trump.
Hay un momento en que el dirigente comunista deja muy clara su estrategia: “Cuba cambiará todo lo que deba ser cambiado, pero sin apartarse ni un milímetro del socialismo”. Esta afirmación deja claro que en Cuba no va a cambiar nada, porque para avanzar hacia una economía capitalista es necesario dejar atrás el lastre socialista, y eso lo cambia todo.
Ningún capitalista invierte en un país que no garantiza la seguridad jurídica de su inversión; en un lugar donde el pueblo es plenamente consciente de su miseria y donde, durante décadas, ha sido acostumbrado a vivir de las migajas del Estado. O, en su defecto, a sobrevivir mediante un mercado paralelo alimentado por recursos desviados del propio Estado.
Cuba no es China, donde los ciudadanos nunca conocieron el capitalismo ni la democracia. Los chinos salieron de una forma de opresión para entrar en otra: de un sistema feudal y dinástico a una dictadura comunista. Algo similar ocurrió en Vietnam. Los cubanos, en cambio, sí conocieron la democracia, la prosperidad y el capitalismo. Esa experiencia forma parte de su memoria histórica. Son irreverentes, autodidactas e inteligentes. Lo que sucede es que quienes dirigen hoy la Isla parecen ignorar ese detalle, que puede parecer simple, pero que está profundamente arraigado en la esencia misma de la nación cubana.
Díaz-Canel, Marrero y Raúl Castro pueden decir cualquier disparate; pueden aprobar unánimemente cualquier proyecto, por ambicioso o descabellado que sea. Todos lo apoyarán, todos levantarán la mano. Pero la realidad es que están obligados a hacerlo. Y la levantarían igualmente si mañana, en la Asamblea Nacional, Raúl Castro propusiera convertir a Cuba en el estado número 51 de los Estados Unidos. Porque la doble moral en Cuba es más que una condición, es una forma de sobrevivir.






