Del trópico a los tulipanes: crónica de una cubana pálida

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Por Ileana Medina ()

Santa Cruz de Tenerife.- Era yo demasiado blanquita para vivir en el trópico. Los niños en la escuela me decían a veces despectivamente «pomo de leche». Ya de adolescente, los negros por la calle me decían «mami, que muslos blanquitos más ricos para echarles un lechazo» (hay piropos que dejan traumas).

No había protectores solares, y cada vez que conseguía ir a la playa, dando madrugones y subiendo a camiones que traqueteaban por carreteras llenas de huecos, al final del día tenía ampollas en la piel.

Dice mi amiga Miriela que en el fondo siempre supe que ser blanca era un privilegio. No sé si jurar que no lo sabía.

Creo que lo supe ya de grande, cuando una campaña para que fuéramos a hacer labores agrícolas en el verano decía «llénate de sol». Y yo, que entonces ya rabiaba contra el régimen, dije entonces que ser blanca iba a ser una forma de disidencia. Lo malo que tienen las dictaduras de izquierdas es que convierten ser blanco, religioso o padre de familia en una especie de resistencia (en realidad, su lista de cosas malas es interminable). Lo bueno que tienen, en cambio, es que te permiten estar de vuelta cuando el resto del mundo está yendo. Ya has ido y has venido por las sendas de las utopías y las ideologías. Y has visto lo que hay detrás de todas.

En España, la gente escucha «viene una chica cubana» y se imaginan a una mulata despampanante. Luego aparezco yo, y la espesa decepción se corta en el aire.

Hace poco viajé a los campos de tulipanes, las vaquitas pacientes, los molinos en silencio… Qué bien te pega Holanda, dice mi amigo Renay. Y yo pensando que en la vida anterior debí haber nacido allí. ¿Pero qué habrás hecho entonces, para que en esta te condenaran a nacer en Cuba? -dice Miriela, y nos hemos reído mucho todo el viaje, enumerando la lista de delitos de sangre que debí haber cometido en mi vida anterior holandesa.

Al mismo tiempo, un holandés errante, rico, pálido y muerto de frío, se sube al avión para ir a remojarse a las aguas tibias del Caribe, mientras una negra le menea el culo delante hasta hacerlo perder el sentido y balbucear: «en la próxima vida, me pido nacer aquí».

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