Exilio, mierda y falta de pin…

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Por Carlos Carballido ()

Dallas.- La polarización del exilio de Miami es ya aberrante y se ha exacerbado con la nueva figura disruptiva de Luis Manuel Otero Alcántara, que ahora ha pasado a la fase superior del nuevo héroe político disfrazado de artista “no academicista”.

Nos quejábamos de las excentricidades de un José Daniel Ferrer y, sin embargo, el nuevo constructo del pseudoexilio está rompiendo récords no solo en obras producidas en cautiverio, sino también en la degradación de espacios políticos serios que, en algún momento, exigían con seriedad algo tan añorado como la libertad de Cuba. Esos mismos espacios han terminado convirtiéndose en burdas palestras para la exhibición de la vulgaridad y la banalidad.

Aquí la cuestión no es criticar las obras de LMOA. Es libre de hacerlo.

Desde Jean Dubuffet y la creación del art brut hasta la búlgara-francesa Julia Kristeva y su teoría de lo abyecto, este tipo de performances o estilos contraculturales han ido encontrando espacios dentro del mundo de las artes plásticas.

Pero llevarlo al espacio político solo se hace cuando el trasfondo es la burla o la descalificación de ese propio marco ideológico.

Lo que no ha podido cuestionarse es que este tipo de expresión reduce peligrosamente la seriedad con la que deben tomarse las acciones de un exilio que, al menos, pretende intentar un cambio de régimen en Cuba.

A LMOA se nos vendió como preso político y termina en el exilio como un artista cuyas propuestas son magnificadas en espacios políticos de Miami, reduciendo el arte y el concepto de Patria a un amasijo de obras que revelan serias parafilias —coprofilia y partialismo fálico— traducidas ahora en “genuinas expresiones políticas” y en un supuesto camino más hacia la liberación de Cuba.

Lo peor, insisto, no es su presencia en la cuna del exilio político. Lo más grave es ver cómo figuras políticas, mediáticas y expresos políticos aplauden semejantes expresiones artísticas que no encontrarían ni espacio ni aceptación en cualquier discusión seria para resolver el problema de Cuba.

Ya no es la pachanga del intercambio cultural.

Ya no es la poquísima credibilidad moral y cívica.

Ni siquiera el arte protestante-político.

Ahora las heces fecales y los falos erectos —lo mismo cuando estás en el toilet o en el cuerpo trans pintarrajados en una cartulina— son las nuevas armas con las que se pretende liberar a Cuba.

Han caído muy bajo estos personajes del exilio, evidenciando debilidad testicular y ovárica para exigirle a la política estadounidense un espacio político serio, confiable y, sobre todo, creíble.

Una tiranía no se tumba con carrozas gays ni paseando toletes parados por aquellos lugares del exilio que alguna vez tuvieron esa decencia y decoro que tanto exigió José Martí.

Los guerrilleros de las redes que defienden esta ignominia a la seriedad política del exilio, convirtiéndose en críticos de arte, no me preocupan. Son plagas de ignorantes que nos superan. A la larga son cautivos de las emocionalidades.

Pero lo que sí es aberrante es que todos, en su conjunto, están cooperando para que el lema castrista de “62 mil milenios” sea una realidad indestructible.

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