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Por Jorge L. León (Historiador e Investigador)

Houston.- La reciente distensión entre Estados Unidos e Irán abre inevitablemente una pregunta que millones de cubanos se hacen dentro y fuera de la Isla: ¿será Cuba el próximo gran expediente de política exterior de Washington?

La interrogante no surge del vacío. Cuba atraviesa la peor crisis económica, social y política de su historia republicana. La emigración masiva, el colapso energético, la pérdida de legitimidad del régimen y el deterioro de las instituciones sugieren que el sistema ha entrado en una fase terminal de agotamiento.

Sin embargo, conviene abandonar tanto el triunfalismo como las fantasías y examinar los escenarios reales que podrían desarrollarse en los próximos años.

Una intervención militar convencional, al estilo de las grandes operaciones del siglo XX, parece poco probable. Las guerras modernas han cambiado. Estados Unidos ha demostrado en las últimas décadas una creciente preferencia por las sanciones selectivas, la presión financiera, la guerra cibernética, la inteligencia electrónica y el apoyo indirecto a procesos internos de cambio antes que el despliegue masivo de tropas.

La presión sobre la cúpula

Existe un segundo escenario: una presión creciente sobre la cúpula gobernante mediante sanciones personales, aislamiento diplomático, acciones judiciales internacionales y restricciones financieras. En este caso, el objetivo no sería ocupar Cuba, sino acelerar las fracturas internas de un régimen que ya muestra signos evidentes de descomposición.

Existe además una hipótesis menos comentada, pero que tampoco puede descartarse completamente desde el punto de vista histórico y estratégico: una operación altamente focalizada contra el núcleo dirigente del régimen.

No se trataría de una invasión convencional ni de una ocupación militar prolongada, sino de una acción limitada destinada a neutralizar o detener a quienes constituyen el principal obstáculo para una transición política. Las capacidades tecnológicas actuales, la inteligencia satelital, la vigilancia electrónica y las operaciones especiales permiten hoy acciones impensables hace apenas unas décadas.

Un escenario de esta naturaleza dependería de circunstancias extraordinarias: una crisis humanitaria de gran magnitud, una amenaza regional concreta, una ruptura abrupta del orden interno o acontecimientos que modificaran radicalmente el cálculo estratégico de Washington. Aunque muchos exiliados contemplan esta posibilidad, las grandes potencias suelen preferir mecanismos que reduzcan al mínimo los costos militares y políticos. No obstante, la mera existencia de esta opción forma parte del abanico de escenarios que cualquier análisis serio debe considerar.

La transición negociada

Un tercer escenario sería una transición negociada. La historia demuestra que muchos sistemas autoritarios no terminan por una invasión extranjera sino por el colapso de sus propias estructuras. La Unión Soviética desapareció sin una sola división norteamericana entrando en Moscú. Europa del Este abandonó el comunismo sin desembarcos militares. En numerosos casos, los regímenes terminaron cayendo por el peso de sus propias contradicciones.

La gran incógnita sigue siendo Donald Trump. Durante años ha mantenido una retórica particularmente dura hacia los regímenes de Cuba, Venezuela y Nicaragua. Muchos exiliados esperan que cumpla sus promesas y adopte una política más agresiva contra La Habana. Pero una cosa es la voluntad política y otra los costos estratégicos de cada decisión.

Por eso, la pregunta quizás no sea si habrá una intervención militar en Cuba. La pregunta verdaderamente importante es si la dictadura podrá sobrevivir a su propio derrumbe.

Cuando un sistema deja de producir prosperidad, pierde credibilidad, expulsa a millones de ciudadanos y depende cada vez más de la coerción para mantenerse en pie, el desenlace suele comenzar desde dentro antes que desde fuera.

Tal vez el futuro de Cuba no llegue con desembarcos ni columnas blindadas. Quizás llegue mediante la tecnología, la presión internacional, el aislamiento de la élite gobernante, las fracturas internas del poder o una combinación de factores que hoy apenas comenzamos a vislumbrar.

Lo único seguro es que la dictadura cubana enfrenta la crisis más profunda de su existencia. Y cuando los regímenes entran en su fase terminal, la historia suele acelerarse de manera inesperada.

Entonces volverá a plantearse la gran pregunta nacional: ¿están los cubanos preparados para reconstruir la República que durante décadas les fue arrebatada?

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