Cuando la oscuridad no viene de un apagón

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Por Pablo Alfonso ()

Santiago de Chile.- Hay textos que se leen como artículos de opinión y otros que se leen como testimonios de una época. La reciente carta del doctor Óscar Elías Biscet, publicada en el periódico estadounidense USA Today, pertenece a esta última categoría.

No es la voz de un académico observando la realidad desde la comodidad de una universidad. Tampoco la de un político en campaña ni la de un comentarista que analiza cifras desde un estudio de televisión. Es la voz de un hombre que escribe desde La Habana, iluminado por un viejo farol porque nuevamente no hay electricidad. Es la voz de alguien que pasó más de once años en prisión por negarse a callar. Y precisamente por eso sus palabras poseen una fuerza moral difícil de ignorar.

La imagen inicial es devastadora. Un médico, premio de la resistencia cívica cubana, escribiendo a oscuras porque el propio gobierno ha reconocido que el país carece de combustible suficiente para mantener encendido el sistema eléctrico. No se trata de una metáfora. Es la descripción de una nación agotada después de más de seis décadas de promesas incumplidas.

Pero el núcleo de su mensaje no está dirigido a los gobernantes cubanos. Biscet sabe perfectamente quiénes son y cómo actúan. Su carta apunta hacia otro destinatario: una parte de la izquierda norteamericana y occidental que durante años ha continuado defendiendo o justificando al régimen cubano en nombre de ideales revolucionarios.

¿Por qué silencio cuando se trata de Cuba?

La pregunta que plantea es tan simple como incómoda: ¿por qué quienes defienden los derechos civiles, la libertad de expresión y la justicia social en sus propios países suelen guardar silencio cuando esos mismos derechos son aplastados en Cuba?

Biscet no discute teorías. Habla desde la experiencia. Recuerda que fue encarcelado por expresar sus convicciones, que vivió años en aislamiento, que la policía política continúa vigilándolo y que miles de cubanos han sido reprimidos por ejercer derechos que en cualquier democracia se consideran elementales.

Su testimonio desmonta una de las narrativas más repetidas por los defensores del castrismo: la idea de que todos los males de Cuba son consecuencia exclusiva del embargo estadounidense. Sin negar el impacto que pueda tener esa política, Biscet formula una observación imposible de rebatir: el embargo no obligó a encarcelar opositores, no prohibió los partidos políticos, no censuró periodistas, no reprimió manifestaciones pacíficas ni convirtió la discrepancia en un delito.

Es una reflexión que va al corazón del problema cubano. Porque cuando un gobierno lleva más de sesenta años atribuyendo cada fracaso a factores externos, termina evitando la única conversación que realmente importa: la de su propia responsabilidad.

Particularmente conmovedor resulta el recuerdo de las protestas de julio de 2021, cuando miles de cubanos salieron a las calles exigiendo libertad, alimentos y cambios políticos. Biscet insiste en algo que muchos observadores extranjeros parecen olvidar: aquellos manifestantes no eran mercenarios ni agentes de potencias extranjeras. Eran ciudadanos comunes que habían perdido la esperanza.

La prioridad cambio: el éxodo

Y quizás ahí resida la mayor tragedia nacional. Durante décadas se prometió construir una sociedad para las nuevas generaciones. Hoy, sin embargo, millones de jóvenes cubanos tienen un sueño muy distinto: abandonar el país. Cuando la principal aspiración de una generación es marcharse, cualquier discurso triunfalista pierde credibilidad.

La carta también contiene una advertencia ética. Biscet pide que Cuba deje de ser observada como un símbolo ideológico. Durante demasiado tiempo, afirma, muchos extranjeros han visto a la isla como una causa romántica, un experimento político o una pieza estratégica dentro de disputas geopolíticas. Mientras tanto, los cubanos han debido enfrentar la realidad cotidiana de la escasez, la censura y la falta de libertades.

Hay una diferencia enorme entre admirar una revolución desde miles de kilómetros de distancia y vivir bajo sus consecuencias.

Sin embargo, el texto no es un llamado al odio ni a la revancha. Esa es quizás su dimensión más notable. Biscet reivindica las enseñanzas de Martin Luther King Jr. y Mahatma Gandhi, defendiendo una transformación basada en la conciencia cívica, la verdad y la resistencia pacífica.

La libertad tiene que ser para todos

En una época donde abundan los extremismos y las consignas, esa apuesta por la dignidad humana resulta extraordinariamente poderosa.

Al final, la oscuridad que describe Biscet no es solamente la de los apagones. Es la oscuridad de la propaganda que intenta sustituir la realidad, de la indiferencia internacional ante el sufrimiento ajeno y del silencio impuesto a quienes piensan diferente.

Pero también hay una luz en su mensaje. La misma que lo llevó a resistir once años de prisión sin renunciar a sus principios. La misma que lo impulsa hoy a escribir desde una casa sin electricidad para recordar al mundo que detrás de los debates ideológicos existen seres humanos de carne y hueso.

Y quizás esa sea la pregunta que deja flotando su carta: si quienes defienden la libertad en cualquier rincón del planeta están dispuestos a defenderla también cuando las víctimas son cubanas.

Porque la libertad no puede ser un principio válido para unos pueblos y negociable para otros. O se defiende en todas partes, o termina desapareciendo en todas.

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