De las dunas a la selva: los otros conquistadores

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- La conexión entre Brasil y Marruecos no empezó con una cumbre presidencial ni con un tratado de esos que nadie lee. Empezó en el siglo XIX, dentro de unas canoas de mala muerte que se abrían paso por los ríos amazónicos como podían. Un puñado de judíos sefardíes, hartos de mirar atrás en el norte de Marruecos, se jugaron el pellejo cruzando el Atlántico en busca de algo muy sencillo: comercio, seguridad y poder seguir siendo judíos sin que nadie les molestara. Llegaron a Belém sobre 1810 y, en lugar de encontrar el descanso, se encontraron con una segunda travesía todavía más jodida.

Porque estos tipos no se quedaron en la costa a montar una tiendecita y punto. Subieron a embarcaciones cargadas hasta los topes con telas, herramientas y alimentos, y se internaron durante semanas por ríos que parecían no tener final. Se hicieron llamar regatões, los comerciantes itinerantes de la Amazonía. Eran los únicos que llegaban a poblaciones perdidas en la puta nada, donde no había tiendas ni misericordia, y conectaban a cada comunidad olvidada con el resto del mundo. Cambiaron los caminos secos de Marruecos por humedad, mosquitos, fiebres y una selva que se los quería comer vivos.

Pero, ojo, que no perdieron el norte. Mientras los pulmones se les llenaban de vapor de río, ellos seguían celebrando sus festividades judías, cociendo las recetas de la abuela y soltando expresiones en haketía, ese judeoespañol que sonaba igual de raro en medio de la selva que un tango en el Sahara. Levantaron sinagogas en Belém y Manaos, cavaron cementerios con sus propias manos y mantuvieron la conexión viva con Marruecos, con Europa y con otras comunidades judías desperdigadas por América. Eran pocos, pero organizados.

Luego llegó la fiebre del caucho, a finales del XIX y principios del XX, y la Amazonía se convirtió en El Dorado de turno. Todo el mundo quería su tajada del látex, y los regatões judío-marroquíes, que ya conocían cada recoveco del río, se colocaron en el centro de aquella red delirante. Unos forraron, se instalaron en las ciudades y olvidaron para siempre el olor a canoa podrida. Otros siguieron remando y formando familias con indígenas y ribereños, creando una mezcla tan genuina que hoy no sabes si el arroz con pescado lo sazonó una abuela marroquí o una tía de Pará.

Con los años, muchas costumbres se fueron al carajo, como pasa siempre. Pero los apellidos, las recetas, las oraciones, los cementerios y los recuerdos familiares siguen ahí para contar la verdad. La historia entre Brasil y Marruecos no comenzó con los gobiernos ni con los diplomáticos de corbata. Comenzó mucho antes, cuando unos hombres y unas mujeres atravesaron un océano, se perdieron en una selva que les quería devorar y construyeron un hogar sin soltar del todo la memoria del lugar que dejaron atrás. Marruecos y Brasil quedaron unidos por una ruta poco conocida: la que cruzó el Atlántico y luego siguió sangrando por las aguas del Amazonas.

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