La isla de las supercarteras: reducir ministerios no es sinónimo de adelgazar el Estado

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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- La India no es el país con más ministerios del mundo por capricho o por ineficiencia congénita. Con 56 carteras, el gigantesco país asiático encabeza la lista mundial porque su realidad es una de las más complejas del planeta: 1.400 millones de habitantes, 22 idiomas oficiales, decenas de religiones y un sistema político donde 35 partidos distintos obtuvieron representación parlamentaria en las últimas elecciones.

En ese escenario, cada ministerio es una cuota de poder, una promesa de campaña cumplida y, sobre todo, una necesidad práctica para gestionar lo ingobernable.

Detrás de la India vienen Sri Lanka con 49 carteras, Camerún con 44, y una larga lista de países africanos y asiáticos que superan los 35 ministerios: Bangladesh, Malasia, Sudáfrica, Angola, Guinea y Madagascar.

Todos comparten dos rasgos comunes: una diversidad étnica y lingüística profunda, y sistemas políticos fragmentados donde los gobiernos de coalición se ven obligados a repartir el pastel burocrático para mantenerse en pie. En el extremo opuesto, Liechtenstein gobierna con solo cinco ministros, donde el primer ministro también es ministro de Finanzas. Así de polarizado está el mundo.

Los superministerios

En América Latina, la tendencia ha sido la reducción. Argentina, bajo la motosierra de Javier Milei, dejó su gabinete en solo nueve ministerios. Venezuela, en cambio, llegó a tener 29 en 2017. Pero hay un caso que merece atención aparte: Cuba acaba de modificar su estructura ministerial en los últimos días, aunque no precisamente para adelgazar el Estado como prometía el discurso oficial.

Según el proyecto de ley publicado por la Asamblea Nacional del Poder Popular, Cuba pasará de 27 a 20 ministerios. La noticia, en apariencia, es una reducción. Pero al mirar la letra menuda, lo que ocurre es una fusión de carteras en «superministerios» que concentran un poder enorme.

Desaparece el histórico Ministerio de la Agricultura y nace el de Agroalimentación, que absorberá también la industria alimentaria, el azúcar, la pesca y los recursos forestales. Economía y Finanzas se unifican en una sola cartera. Nace el Ministerio de Medio Ambiente, Hábitat y Vivienda, que agrupa lo que antes estaban dispersos en cuatro entidades diferentes.

Y aquí viene la paradoja que ningún comunicado oficial explica: reducir el número de ministerios no es lo mismo que reducir el Estado. Cuando se crean supercarteras, lo que se hace es concentrar poder, no necesariamente hacerlo más eficiente. Un ministro de Agroalimentación tendrá bajo su control desde la semilla hasta el plato, pasando por la caña de azúcar (lo escaso que queda) y los recursos pesqueros. ¿Eso es adelgazar o es crear monstruos burocráticos más difíciles de controlar? La experiencia internacional dice que lo segundo.

Al final solo importa la eficiencia

El contexto cubano hace aún más llamativa esta reorganización. El país atraviesa la peor crisis económica, energética y alimentaria en décadas, con apagones diarios, escasez de alimentos y una emigración récord.

En medio de ese panorama, el régimen decide redibujar el mapa del poder, crear un Ministerio de Información y Comunicación Social para controlar el relato oficial , y elevar el Banco Central a rango ministerial. ¿Prioridades? Parece que la verdadera reforma no es administrativa, sino de control.

La gran diferencia entre la India y Cuba es de naturaleza. La india tiene 56 ministerios porque su democracia fragmentada así lo exige: cada partido de la coalición necesita su cuota, cada diversidad cultural su representación. En Cuba, la reducción de 27 a 20 ministerios no responde a una lógica de eficiencia ni mucho menos a una apertura democrática. Responde a la lógica de siempre: concentrar el poder en menos manos, eliminar instancias intermedias que puedan generar disidencia, y vestir de modernidad lo que sigue siendo un aparato obsoleto, centralizado y cada vez más alejado de las necesidades reales de su pueblo.

Al final, lo que importa no es cuántos ministerios tiene un país, sino a quién sirven y si realmente resuelven los problemas de quienes los financian con sus impuestos y su paciencia.

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