
La muerte está en crisis
Por Daily Fortún Sosa
Camagüey.- Hace unos días vi en redes sociales una imagen que me persiguió durante horas. Un ataúd había caído de un carro fúnebre mientras el cortejo avanzaba por una de las calles del cementerio, exponiendo el cuerpo de un hombre.
Pensé en la familia de esa persona. Tal vez en el hijo o la hija que caminaba detrás. En la esposa que aún intentaba asimilar la pérdida. Pensé incluso en algún niño que, sin entender todavía qué significa la humillación, tuvo que presenciar una escena capaz de explicársela de golpe.
Porque hay momentos que deberían estar protegidos del ruido del mundo. La despedida de un ser querido es uno de ellos.
Durante años hemos aprendido a convivir con la escasez, con las colas, con la ineficiencia, con que todo se haga mal, con que nada funcione como debería. Pero hay carencias que atraviesan una frontera moral. Y en Cuba hay demasiadas de ese tipo.
Hay lugares donde una sociedad debería detenerse de súbito, aunque sea por un instante, para mirarse y reconocerse. La muerte, sin duda, es uno de esos momentos.
Sin embargo, las denuncias se acumulan: familias que esperan durante horas un carro fúnebre porque no hay combustible; cementerios cubiertos de maleza; bóvedas derrumbadas con restos expuestos; lápidas rotas; ataúdes defectuosos; restos humanos en estado de abandono o de saqueo.
Personas que visitan la tumba de un ser querido y descubren que alguien arrancó las piezas de metal para venderlas, o que desapareció la placa de mármol donde estaban grabadas las últimas palabras dedicadas a una madre, a un padre, a un hijo. O que las flores colocadas el día anterior ya no están. Y así, la desidia termina dejando al descubierto aquello que debería permanecer cubierto con cuidadoso respeto.
Nos enseñaron a llevar flores el Día de las Madres, el Día de los Padres o simplemente cuando el recuerdo aprieta. A limpiar la lápida de los abuelos. A hablarles en voz baja como si la distancia no existiera.
Nos enseñaron que despedir a alguien era un acto de amor y también una forma de cerrar la herida.
Pero ahora, incluso las despedidas se han convertido en otro problema que resolver. Los cementerios hablan, y lo que dicen no es solo sobre los muertos.
Hablan de cómo hemos permitido que deshumanicen nuestra existencia. De cómo hemos normalizado el irrespeto a la muerte y a la vida.
Cuando un sistema permite que los cementerios se derrumben, que las tumbas sean saqueadas y que los restos humanos queden expuestos al abandono, no solo falla un servicio público: falla la dignidad.
Porque los cementerios no son solo lugares de entierro, son también la memoria visible de un país. Basta caminar por uno, para entender la magnitud de la herida, del desastre.
Entre la maleza, las ruinas y el abandono se lee otra historia: la de un país que se desgasta, que se vacía, que se muere.
Un país donde los vivos sobreviven como pueden. Un país donde ni los muertos consiguen descansar en paz.






