
Quemado de Güines: el río que se fue y el agua que se volvió milagro
Por Eugenio Roque de Escobar ()
Miami.- Quemado de Güines nació siguiendo el curso de un río. No por casualidad, sino por necesidad. Los pueblos no se fundan donde da la gana: se fundan donde hay agua. Ese río marcó el camino, dio sombra, dio sed y dio alivio. Y junto a él, bajo una ceiba grande y generosa, se cavó un pozo milenario para calmar la sed de las bestias y de los transeúntes. Agua para el que pasaba y para el que se quedaba.
Ese pozo fue origen, fue pausa y fue vida.
Hoy nadie sabe exactamente dónde está. Se dice que yace olvidado en algún punto de la avenida, enterrado bajo capas de asfalto, discursos y desmemoria. El río perdió su cauce y el pueblo perdió la brújula. Donde antes el agua guiaba, ahora solo queda la nostalgia.
La paradoja es cruel: un pueblo que nació por el agua hoy no tiene agua potable.
Sin acueducto y sin alcantarillado, Quemado se las arregla como puede. Cada casa cava su propio destino: pozo por un lado, fosa por el otro, viviendo demasiado cerca para no conocerse. La distancia prudencial es una recomendación académica que nunca llegó al municipio. Aquí la ciencia se sustituyó por experiencia, y la experiencia por esperanza.
El agua sale clara. Y clara es sinónimo de confiable. O al menos de bebible. La duda se deja para después, porque pensar demasiado da sed.
Antes se decía: hiérvela. Hoy hervir el agua es un lujo. El poco combustible que aparece tiene jerarquías claras: primero el arroz, después el café y, si queda algo, la salud. La corriente eléctrica es una visita breve, el carbón es un lujo y el petróleo un milagro que se comenta en voz baja, como si se fuera a espantar.
—»¿Herviste el agua?» —»No, pero comimos caliente.»
Y así se vive.
Las fosas trabajan en silencio, confiando en que la tierra filtre, purifique y olvide. El suelo de Quemado carga más secretos que un archivo histórico. Nadie pregunta mucho: el que pregunta, se queda sin agua… y sin amigos.
Cuando el pozo baja, el cubo desciende lento, respetuoso, como si supiera que abajo hay menos de lo que había ayer. Cuando sube con agua, hay alivio. Cuando sube casi vacío, hay resignación. Y cuando no sube nada, hay conversación larga bajo el portal, recordando que antes hubo un río, y antes hubo un pozo público, y antes hubo sentido común.
El visitante pregunta: —»¿Y el agua aquí es potable?» Y el quemadense responde: —»Es histórica.»
Porque esa agua ha visto pasar generaciones, gobiernos, promesas y olvidos. Ha sobrevivido al río perdido, al pozo enterrado y a la paradoja final: en un pueblo fundado por el agua, beber agua es hoy un acto de fe.






