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Por René Fidel González García ()

Santiago de Cuba.- El desastre que se viene produciendo en Cuba, y que hoy parece desafiar cualquier vaticinio sobre su duración, sus alcances y su capacidad para hacernos retroceder y demoler meticulosamente nuestros proyectos de vida, aparenta ser económico, social, humano, institucional e incluso civilizatorio; pero es, en esencia, un desastre político, de causas políticas.

No existe posibilidad alguna de detenerlo sin buscar y procurar una solución política.

La política es, precisamente, la dimensión que ha sido sellada y absolutamente clausurada para los ciudadanos cubanos por un sistema que hizo de la exclusión y de la negación de la igualdad política el corazón de una concepción corrupta del poder.

Impunidad, indefensión y pedagogía del poder

No han existido, no existen ni son accesibles y públicos para los ciudadanos en Cuba medios lícitos y políticos para interpelar, detener y revertir las decisiones y los actos de gobernantes y funcionarios temerarios e irresponsables.

La impunidad política es indefensión instrumentada, inexorable y crónica, pero sobre todo es una pedagogía del ejercicio del poder que socializa, inculca y ensaya los valores, las actitudes, el estatus y la condición de víctima, no la de ciudadano.

Más tarde, cuando todo concluya o se vuelva menos peligroso, los historiadores señalarán —a veces con serenidad, otras con propias o ajenas cobardías, indiferencias y oportunismos travestidos en ira y ensañamiento— a los responsables del desastre y a las condiciones que lo hicieron posible.

El verdadero monstruo y la necesidad de cambiar

Con frecuencia, este ejercicio —ya sea realizado por ellos o por otros— no trata en realidad sobre la responsabilidad, y no es más que una niebla densa y persistente para impedir que nosotros veamos y comprendamos, para que, en definitiva, se repita una y otra vez aquello que tenemos ante nuestros ojos, exhibiendo con desfachatez e impunidad su asombroso y poderoso impulso, el terrible torque que ha tenido, tiene y aún tendrá para retorcer y dañar la única vida de varias generaciones de cubanos en las consecuencias del desastre: la ausencia de empatía genuina, de remordimiento y de culpa; la frialdad; la falta de respeto por las reglas, los derechos y el albedrío ajeno; la intolerancia y el desprecio; la repulsión por cualquier valor, norma o acervo que les impusiera límites o control; la indiferencia ante el daño causado a los otros; y el afán absoluto, imperioso y constante de satisfacer las necesidades de grandeza, autoimportancia, reconocimiento y admiración, el egoísmo y la soberbia de quienes han secuestrado a lo largo de nuestra historia la política en Cuba, nuestros destinos, o que sueñan y se preparan para hacerlo.

Es este el verdadero monstruo, la criatura abominable que nos habita también y nos retiene a todos en el bucle del subdesarrollo en que estamos; que campea a través de nuestras relaciones y formas de entender los conflictos, el éxito y la felicidad; que pretende seguir robándonos nuestro destino.

Es preciso intentar derrotarla, pero tenemos que cambiar. No es solo un problema del aprendizaje del sentido de responsabilidad por los actos y decisiones políticas, es también una cuestión de reglas y de sometimiento de todos y cada uno a ellas; es, desde luego, una cuestión ética. De eso trata también la exigencia de la responsabilidad. El problema en Cuba es político, su solución también. Preciso es pensarla.

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