Comparte esta noticia

Por Padre Alberto Reyes ()

Esmeralda, Camagüey.- Hay un fragmento del libro de Viktor Frankl “Hombre en búsqueda de sentido”, que me hace pensar en el momento actual que vive nuestra patria. Dice así: “… el médico del campo (de concentración) me hizo notar: la mortalidad semanal en el campo se incrementó entre la Navidad de 1944 y el año nuevo de 1945. En su opinión, esto se debía a la esperanza de los prisioneros de que estarían en casa para esas fechas. Sabían que el campo sería liberado poco después de Navidad o año nuevo. Pero cuanto más se acercaba la fecha y no se cumplía su esperanza, más se desanimaban y más morían. Cuando perdían la esperanza, finalmente morían”.

Estamos viviendo una realidad muy similar, porque la pregunta que más se repite en Cuba hoy es: “¿Hasta cuándo?”. Estamos, a la vez, esperanzados y desesperados.

Desesperados por salir de este campo de concentración inmisericorde, de ver el fin de esta esclavitud impuesta. Y esperanzados en que este campo de concentración sea liberado, y podamos “volver a casa”, a esa Cuba libre, feliz y próspera que acariciamos con la mente, mientras día a día luchamos por sobrevivir al apagón de hoy, a la escasez de hoy, a la impotencia desesperante de hoy.

Cada día se renueva esa esperanza: “¿Será hoy?, ¿será hoy?”, y cada día esa esperanza languidece, y se retuerce para que no la aplasten ni los agobios cotidianos ni esa voz demoníaca que se complace en susurrar que “esto no hay quien lo cambie”.

No perdamos la esperanza

Pero perder la esperanza es un lujo que no nos podemos permitir, no porque en este momento haya coordenadas externas que parezcan favorables a nuestra libertad, sino porque ha llegado el momento de convencernos de que no podemos seguir viviendo así, de que no queremos seguir viviendo así, de que ningún poder tiene derecho a mantenernos en esta miseria agónica y en esta falta de horizontes, mucho menos cuando los hijos y nietos de los que nos gobiernan no dejan de ser noticia por su vida de oportunidades satisfechas.

La administración norteamericana podrá apoyar nuestra lucha… o no; Europa podrá dejar de coquetear y de ser pusilánime con el gobierno cubano… o no; América Latina podrá atreverse a decir la verdad sobre Cuba… o no. Pero haga lo que haga el mundo que nos rodea, ha llegado el momento de reinventarnos como pueblo y de buscar todos los modos posibles de romper las cadenas de las que tanto nos han dicho que no podemos escapar.

Agradecemos con el alma toda ayuda externa, todo acto de solidaridad, toda voz de verdad, y nunca olvidaremos a aquellos que hoy nos tiendan la mano para salir de este lodo infame, pero no hagamos reposar nuestra esperanza de una simple liberación gestada desde fuera, no sea que esa ayuda tarde tanto que perdamos la esperanza y terminemos muriendo, sometiéndonos a la oscuridad, a la falta de libertad y al agobio cotidiano de la precariedad.

El mundo podrá tendernos sus manos, pero esas manos no podrán ayudarnos a ponernos en pie si no somos capaces de alzar la cabeza y de dejar de acariciar nuestras cadenas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy