
La voz que no calla
Por René Fidel González ()
Santiago de Cuba.- Los que pueden hablar no tienen ya nada que prometer, que ofrecer. Hacen declaraciones escritas —mudas en muchos sentidos— que no entendemos, fragmentadas, que parecen ser hechas para otros destinatarios.
Los hombres y mujeres del Gobierno en Cuba hacen silencio. No es que no sepan hablar, lo han hecho siempre; es que no saben responder, no les gusta responder, no quieren responder, al menos de forma distinta a como muchas veces lo han hecho: con desprecio, mezquindad, castigo.
Lo hacen también los que sueñan con cargos en transiciones manufacturadas por otros; no importa la violencia que sea necesaria. Hacen silencio sobre lo que les han dado a entender otros, sobre su papel en la historia que vendrá después.
Callan los pobres, los pobres cubanos, que ni siquiera pueden entender las decisiones que se toman sobre ellos, los embates y mordidas de la intemperie que se sufre en los barrios, en las casas, en los camastros curtidos de sudor, de lágrimas, de hastío por el destino robado, por tanta mentira, por su soledad.
Callan, pero han perdido la voz. No tienen ya voz. Cuando hablan de ellos no es para representarlos: son estadísticas o un arma arrojadiza contra el Gobierno actual y un silencio, una indiferencia premeditada para el futuro.
Callan otros porque su silencio es un equilibrio.
Una sociedad que hace silencio no es, no obstante, algo domesticado y sin sueños.
El problema no es que haga silencio, al menos para muchos. El problema es que un día obligue a dar otro tipo de respuestas a los que no se sienten interpelables y menos responsables; el problema es que un día haga las preguntas correctas precisamente por no ser políticamente correctas; el problema es que recupere la voz, su voz, y no se conforme ya con gritar «libertad» u otras palabras que describen lo que necesita hacer para cambiar, que necesita nombrar para cambiarlo todo.
Puedes repetir en silencio muchas veces una idea sencilla y poderosa: «Tengo mi propia voz. Hasta que no diga lo que tengo que decir en Cuba, no conoceré el poder de mi voz».
Necesitamos escucharnos, escuchar nuestro poder.






