El Salvaje Oeste: donde los muertos no quieren quedarse en la tumba

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- En el Salvaje Oeste, si eras un forajido de los de gatillo fácil y leyenda negra, morir una sola vez parecía un bagaje un poco pobre. Gracias al cine de Hollywood y a una buena dosis de picaresca, los bandoleros más célebres de Estados Unidos tienen la sana costumbre de seguir vivos décadas después de haber sido enterrados. Hoy, la ciencia forense intenta poner orden, pero ni el bisturí genético consigue que algunos se queden quietos en la tumba. Porque el mito, amigos, es más terco que una mula en celo.

Empecemos con Jesse James, el pistolero que asaltó doce bancos, siete trenes y dejó once muertos sobre la marcha. Su final oficial fue digno de un culebrón: el 3 de abril de 1882, un tal Robert Ford le disparó por la espalda. Caso cerrado. Pues no. Porque años después apareció un anciano llamado J. Frank Dalton que, hasta su muerte en 1951, juró que él era el verdadero Jesse.

Según su versión, el muerto era un primo. Y tuvo labia suficiente para convencer a escritores y expertos. En 1995, la ciencia intervino: exhumaron el cuerpo, analizaron el ADN y dieron un 99,7% de certeza. Era él. Pero los escépticos aún discuten. Y mientras tanto, nadie sabe dónde están los más de 20 millones de dólares que robó. Las cuevas donde se escondía son hoy atracción turística. Justicia poética.

Billy El Niño

Luego está Billy el Niño, ese tal Henry McCarty que mató a 21 hombres y cayó abatido por el sheriff Pat Garrett en 1881. Pero apareció un tal Brushy Bill Roberts que, hasta los 90 años, aseguró ser el verdadero Billy. En el siglo XXI, los investigadores quisieron exhumar los restos de Fort Sumner para cotejar el ADN con el de su madre. Problema: en 1904, una inundación arrasó el cementerio y las cruces volaron.

Cuando años después pusieron una lápida, fue a ojo de buen cubero. Las solicitudes de exhumación han sido denegadas una tras otra. ¿El motivo? Los lugareños viven del turismo del mito. Si la ciencia demuestra que bajo esa lápida no hay nada, el negocio se va al carajo. La intriga sigue flotando en el desierto, protegida por el silencio administrativo.

Y qué decir de Butch Cassidy y Sundance Kid. La versión oficial los mata en Bolivia en 1908, acorralados por el ejército. Los enterraron en una fosa y punto. Pero en 1991, el célebre antropólogo Clyde Snow viajó a Bolivia con un equipo documental, siguió las indicaciones de un anciano del pueblo y desenterró unos huesos.

La prensa montó el circo. Luego, los análisis de ADN revelaron la verdad: pertenecían a un pobre minero alemán llamado Gustav Zimmer, muerto en 1930. Error de tumba. Los románticos siguen creyendo que escaparon y se jubilaron en algún paraíso tropical. La hipótesis más sólida es que los verdaderos Butch y Sundance siguen enterrados en algún rincón sin marcar del mismo cementerio. El cine, por su parte, ya imaginó a un Cassidy viejo y escondido en la selva. Porque el cine puede permitirse esos lujos.

El Salvaje Oeste y la lógica

Y así anda el Oeste: con huesos que no acaban de convencer, tumbas que se mueven de sitio y ancianos que, en su lecho de muerte, sueltan la bomba de que ellos eran el forajido famoso. La ciencia forense empeñó su prestigio en poner orden. Y en el caso de Jesse James, lo logró.

En el de Billy el Niño, la burocracia y el turismo lo impiden. En el de Butch y Sundance, un error de principiante lo convirtió en una comedia de equívocos. Pero el Salvaje Oeste, amigos, no se rige por la lógica. Se rige por la leyenda. Y la leyenda dice que los malos, si son muy malos, no mueren del todo.

Al final, la genética puede empeñarse en poner etiquetas a los huesos. Pero el Oeste siempre guardará un rincón oscuro donde los mitos se niegan rotundamente a morir. Porque nadie quiere ir a un museo a ver los restos de un forajido cualquiera.

Quieren ver la tumba vacía. Quieren la duda. Quieren la posibilidad de que, en algún bar perdido de Texas, un anciano de barba blanca siga tomando whisky y sonriendo bajo el nombre falso de Jesse James. Eso es el Salvaje Oeste. Donde la historia es solo una sugerencia. Y la leyenda, la única verdad que importa.

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