La libertad de uno no puede borrar el encierro de los demás

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Por Jorge Sotero

San José de las Lajas.- No hace falta levantar la voz cuando quien escribe lleva años gritando con el alma. Eso ocurre con el mensaje de Marta Perdomo, la madre de Jorge y Nadir Martín Perdomo, dos jóvenes cubanos que continúan tras las rejas por ejercer un derecho que en cualquier democracia sería normal: pensar diferente.

Marta dice que se alegró con la liberación de Kevin Damián. ¿Cómo no hacerlo? Cada preso político que recupera la libertad es una victoria contra el miedo. Es una madre que vuelve a abrazar a un hijo, una familia que deja de vivir pendiente de una visita a la cárcel y un joven que vuelve a respirar sin barrotes delante.

Pero la alegría nunca es completa mientras otros siguen encerrados. Ese es precisamente el llamado de Marta. No olvidarlos.

Porque las redes sociales tienen memoria corta. Hoy un nombre ocupa titulares y mañana desaparece entre videos virales, chismes y cualquier otra noticia. Mientras tanto, en las prisiones cubanas el tiempo no pasa igual. Allí los días pesan más, las noches son más largas y las familias siguen contando calendarios.

Jorge y Nadir continúan presos. Como ellos, decenas de cubanos permanecen pagando con años de su vida el precio de haber alzado la voz contra una dictadura que convirtió la discrepancia en delito.

Lo más duro de todo esto no es únicamente el encierro. Es el silencio que llega después. Cuando la noticia deja de ser tendencia. Cuando las cámaras se apagan. Cuando las campañas terminan. Ahí es donde más necesitan ser recordados.

Una madre nunca deja de esperar. Marta lleva años convirtiendo el dolor en resistencia. Mientras muchos descansan, ella sigue tocando puertas, escribiendo publicaciones, concediendo entrevistas y recordándole al mundo que sus hijos siguen presos.

Y esa debería ser también nuestra responsabilidad.

Celebrar cada liberación, sí. Pero sin olvidar a quienes todavía duermen sobre un colchón húmedo, soportan malas condiciones de alimentación, aislamiento y el peso psicológico de saber que el régimen pretende quebrarlos.

Las dictaduras apuestan al desgaste. Confían en que el tiempo haga su trabajo. En que el mundo se acostumbre. En que los nombres se olviden.

No podemos darles ese gusto.

Cada vez que alguien pronuncie los nombres de Jorge y Nadir Martín Perdomo, de Maykel Osorbo y de tantos otros presos políticos cubanos, estará recordándole al régimen que sus víctimas siguen presentes y que la injusticia no prescribe.

La libertad de Kevin Damián merece celebrarse. Pero la verdadera celebración llegará el día en que ninguna madre cubana tenga que escribir en Facebook suplicando que no olviden a sus hijos.

Ese día, Cuba habrá empezado, por fin, a parecerse a un país libre.

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