
De Hiroshima a Tokio 1964: la lección que los pesimistas cubanos deberían leer
Por Max Astudillo ()
La Habana.- Hubo un tiempo en que Tokio no era la ciudad ultramoderna que vemos hoy. Era un mar de escombros humeantes. El 9 y el 10 de marzo de 1945, los bombardeos incendiarios de la Fuerza Aérea Estadounidense convirtieron la capital japonesa en un infierno: 100.000 muertos, un millón de damnificados y kilómetros de casas de papel y madera reducidas a brasa.
Hiroshima y Nagasaki, por su parte, desaparecieron en un destello nuclear. Cuando el emperador Hirohito anunció la rendición el 15 de agosto de 1945, Japón no era un país derrotado: era un país borrado del mapa. Sin petróleo, sin minerales, sin bancos, sin fábricas, sin puertos. Y, sin embargo, apenas catorce años después, el mundo le entregó los Juegos Olímpicos.
Porque el 26 de mayo de 1959, durante la 55ª Sesión del Comité Olímpico Internacional en Múnich, Tokio recibió 34 votos de un total de 56 y se alzó con la sede de los Juegos de 1964. Eso es 1959. La guerra terminó en 1945. O sea: apenas catorce años después de que las bombas atómicas borraran dos ciudades, el mundo confió en Japón para organizar el mayor evento deportivo del planeta.

¿Cómo lo hizo un país sin recursos naturales, sin yacimientos de oro, sin pozos de petróleo? Solo con dos cosas: laboriosidad y talento. Los japoneses no tenían nada, pero tenían algo más valioso: una decisión férrea de no quedarse en el suelo.
El milagro que no fue milagro
El milagro japonés no fue un milagro. Fue disciplina, inversión en educación, alianzas estratégicas con Estados Unidos y una clase política que entendió que el futuro no se construye con discursos de soberanía vacía, sino con fábricas, carreteras y escuelas.
En menos de dos décadas, Japón pasó de ser un país arrasado a la tercera economía mundial. Y no era la primera vez que una nación se levantaba de las cenizas. Alemania, derrotada en 1945, con sus ciudades partidas en dos, con sus fábricas desmanteladas por los aliados, resurgió como locomotora europea en apenas cinco años gracias al Plan Marshall. No fue casualidad: fue política inteligente.
¿Y qué aprendemos de esto? Que la destrucción, por brutal que sea, no es un destino eterno. Los cubanos que hoy aseguran que la isla está condenada a la pobreza absoluta después del castrismo no conocen la historia. O la conocen y eligen el pesimismo por costumbre.

Porque si Japón y Alemania pudieron levantarse de bombas atómicas y ejércitos ocupantes, ¿cómo no va a levantarse Cuba, que tiene una de las poblaciones más educadas de América Latina, una diáspora dispuesta a invertir y un territorio con recursos naturales y una ubicación geográfica privilegiada? Lo único que le falta es deshacerse del lastre.
Solo hace falta voluntad
El régimen castrista nos ha convencido durante seis décadas de que sin él seríamos un caos. Pero la historia demuestra lo contrario: sin dictaduras, los países se reconstruyen. Sin controles de precios, las economías crecen. Sin miedo, la creatividad florece.
Japón no tenía Plan Marshall. Tuvo algo mejor: la libertad de reinventarse. Cuba, cuando caiga el telón, tendrá algo que ni Japón ni Alemania tuvieron: una generación de jóvenes que creció soñando con un país distinto, y una comunidad en el exilio que no ha olvidado sus raíces.
Así que sí, Cuba está hecha pedazos. Pero los pedazos se juntan. Tokio era un esqueleto calcinado en 1945. En 1964, encendió la llama olímpica. No hay excusa para el pesimismo. Solo falta voluntad. Y esa, a diferencia del petróleo o el oro, es el único recurso que nunca se acaba cuando un pueblo decide levantarse.






