La mentira de la «izquierda buena»: un discurso cómodo para perpetuar el control

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Por Albert Fonse ()

Vancouver.- El discurso que plantea Javier Larrondo sobre una supuesta «izquierda buena» no es solo ingenuo, es profundamente peligroso. No existe una «izquierda buena». Esa idea es una mentira cómoda para maquillar una ideología que, en cuanto se aplica, siempre avanza en la misma dirección: más poder para el Estado y menos libertad para el individuo, y que históricamente ha terminado en represión, muerte, pobreza, emigración masiva, robo y corrupción.

La historia es clara. La Unión Soviética no dejó igualdad ni prosperidad: dejó represión, campos de trabajo y millones de muertos. La China de Mao no fue una excepción, sino la consecuencia directa de ese modelo: hambrunas masivas, purgas y control absoluto.

Venezuela no cayó por casualidad: fue destruida por políticas de izquierda que arrasaron la economía, expulsaron a millones y convirtieron al ciudadano en dependiente del poder. Cuba es la prueba viva: más de seis décadas de miseria, censura, presos políticos —que tú conoces perfectamente— y una sociedad sin derechos reales.

Promesas de igualdad y justicia antes

Nada de eso empezó con violencia abierta. Todo comenzó con discursos de justicia social, igualdad y protección. Promesas que suenan razonables y hasta necesarias. El problema aparece cuando esas ideas chocan con la realidad. La economía se frena, la producción cae y la libertad económica empieza a estorbar.

En ese punto, el sistema no se corrige: se impone. Controla precios, limita la propiedad, censura la crítica y persigue al que se opone. La violencia no es una desviación, es el mecanismo que utiliza cuando fracasa. Incluso hoy, en países como España, se ven señales del mismo patrón: aumento constante del gasto público, presión fiscal creciente y políticas que debilitan la propiedad privada. El fenómeno de los «ocupas», donde el dueño pierde el control efectivo sobre su vivienda mientras el sistema protege al que la invade, refleja cómo se relativiza un derecho fundamental cuando el Estado se expande.

Este discurso tampoco suele venir de quien produce, arriesga o construye riqueza. No es casualidad que tú lo digas: un burócrata como tú, que vive de los subsidios. No podía salir de otra persona que no fuera alguien que depende del aparato estatal, porque ese modelo necesita precisamente eso: más Estado para sostener a quienes viven de él. Es la lógica del populismo comunista.

En este momento histórico, cuando la dictadura en Cuba se acerca a su final, intentar maquillar estas ideas no es ingenuo, es irresponsable y una traición a esos mismos presos políticos que tú dices defender. Por mucho que la disfracen, encontrará oposición frontal de mi parte. Porque aceptar la narrativa de una «izquierda buena» es abrir la puerta, otra vez, a lo mismo que ya dejó represión, muerte y pérdida total de libertades.

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