Telamón, 225 a.C.: 40.000 galos murieron desnudos para que Roma viviera

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- El año 225 antes de Cristo huele a sangre, a miedo y a hierro caliente. Una marea humana de más de setenta mil guerreros galos, de esos que se cepillaban el desayuno con una espada de dos metros, baja por Etruria sembrando el pánico como quien esparce sal. Los romanos, que entonces todavía no eran los amos del mundo, miran el mapa y se les encoge el estómago. Porque si esa turba llega al Lacio, adiós República, adiós leyes, adiós todo. Así que movilizan hasta al último hombre con casco abollado. Saben que no es una batalla más. Es la guerra de la extinción.

El encuentro decisivo ocurre cerca de las costas de Telamón. Y ahí el destino, que a veces tiene sentido del espectáculo, juega una carta que ni el mejor guionista de Hollywood se atrevería a escribir. Los galos, que creían que estaban asaltando una posición, se encuentran atrapados en una pinza perfecta entre dos ejércitos consulares.

Uno los encara por delante. El otro les sale por la espalda. Y los pobres bárbaros, que no tenían GPS ni plan B, deciden hacer lo único que saben hacer cuando no hay salida: pelear. Pero no con ropa, que eso estorba. Se quitan las túnicas y luchan desnudos. Como Dios los trajo al mundo. O como los parió su madre celta.

Si te hablan de épica, recuerda Telamón

La carnicería es indescriptible. Las jabalinas romanas caen como lluvia afilada. Los galos, con sus cuerpos pintados y sus espadas enormes, se lanzan al matadero con un valor que asusta y enternece a partes iguales. Pero el valor sin estrategia es solo una forma elegante de morir. Y allí, en Telamón, mueren más de cuarenta mil. Cuarenta mil tíos que dejaron la piel en la arena para que sus familias en la Galia pudieran llorarlos sin saber muy bien por qué. Los romanos, que no eran sentimentales, cuentan los cadáveres y sonríen. La amenaza celta sobre Italia central acaba de esfumarse como el humo de una hoguera.

¿Te imaginas el terror de enfrentarte a un ejército atrapado que lucha sin nada que perder? Pues eso vivieron los romanos aquel día. Pero también lo vivieron los galos. La diferencia es que los romanos tenían disciplina, dos frentes de ataque y la certeza de que si perdían, su civilización se iba al carajo. Los galos tenían valor, desnudez y la promesa de un botín que nunca llegaron a tocar. Cuando el sol se puso sobre Telamón, el campo de batalla era un museo del horror. Y Roma, que había temblado, se enderezó y empezó a caminar hacia lo que sería su destino: dominar el mundo.

Así que ya sabes. La próxima vez que alguien te hable de épica, recuerda a esos cuarenta mil galos muertos con el pecho al aire y la espada en la mano. No ganaron. Pero su derrota le regaló a Roma el empujón que necesitaba para convertirse en imperio. Y eso, señores, es lo que tiene la historia: a veces los que pierden, sin saberlo, escriben la victoria de los que ganan. Eso sí, con un frío que pelaba. Porque en diciembre, y desnudos, hasta los bárbaros más valientes pasan frío.

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