Las tres veces que Roma se quitó el sombrero (y la armadura)

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Antes de que Roma fuera el imperio que partía el mundo en dos mitades, ya tenía sus propias reglas del juego. Una de ellas, quizás la más difícil de cumplir, se llamaba spolia opima, que en latín vulgar viene a significar «botín bien gordo». No era cualquier medalla. No era un ascenso ni una estatua ecuestre en el foro.

Era algo mucho más bestia: el derecho a despojar con tus propias manos la armadura, las armas y los ornamentos del rey enemigo, siempre que lo hubieras matado tú solito, cara a cara, en combate singular. Nada de flechas perdidas, nada de tropas de apoyo. Tú y él. Y el que caía, perdía hasta la ropa.

El honor era tan exclusivo que solo tres hombres en mil años de historia romana pudieron presumir de haberlo conseguido. Tres. En mil años. Compáralo con los premios actuales, donde a veces parece que los dan por cumplir expediente. Pues no. Los spolia opima eran el Nobel, el Oscar y la medalla de oro olímpica todo en uno, pero con más sangre y menos alfombra roja.

Y no valía cualquier enemigo. Tenía que ser el jefe supremo del bando contrario, el rey, el caudillo, el tipo que mandaba sobre todos los demás. Si matabas a un general raso, te quedabas con las ganas y con un botín de segunda.

Una hazaña única

El primero en lograrlo fue el propio Rómulo, el que fundó la ciudad después de haber mamado de una loba. Mató al rey Acrón de los ceninetas en un duelo que debió ser más espectacular que cualquier película de romanos. Se puso su armadura, colgó el botín en un roble y se lo dedicó a Júpiter Feretrio.

El segundo fue spolia opima, que se cargó al rey Lar Tolumnio de los veyentes. Dicen las crónicas que lo hizo con tal saña que hasta los dioses del inframundo aplaudieron. Y el tercero, el más famoso quizás, fue Marco Claudio Marcelo, el mismo que en el año 222 antes de Cristo desafió y mató al gigante Virdumaros, rey de los galos, en la batalla de Clastidium.

A partir de Marcelo, nadie más. Hubo intentos, por supuesto. Algún general ambicioso soñó con alcanzar ese honor, pero las condiciones eran tan estrictas que la mayoría se quedó en el intento. El propio Cayo Mario, que era un fenómeno matando bárbaros, no pudo. Julio César, que se las daba de héroe, tampoco. Porque no basta con ser buen militar. Hay que tener la suerte de encontrarte al rey enemigo en medio del campo de batalla, desafiarlo a duelo y salir vivo. Y si fallas, no hay medalla póstuma: solo una muerte anónima pisoteada por caballos.

Así que ya sabes. La próxima vez que alguien te hable de «logros exclusivos», piensa en los spolia opima. Porque hoy cualquiera puede ganar un Grammy si canta bonito, pero solo tres romanos en mil años pudieron colgarse la armadura del rey enemigo después de partirlo en dos. Eso no es un premio. Es un testamento de cojones. Y Roma, que era tan dada a las grandezas, supo reconocer que algunas hazañas no se repiten ni aunque pasen los siglos.

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