Cuando el miedo ya no obedece: un llamado de alerta

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Por Sergio Barbán ()

Miami.- Lo que se escucha en ese audio: “¡sacó una pistola!”, “¡tiene una pistola!”, “¡no le vayan a tirar!” No es solamente el sonido de una detención tensa. Es el sonido de un país al borde de una tragedia.

No conozco los detalles de ese hecho. No sé quién tenía razón en ese momento específico, ni me corresponde dictar sentencia sobre personas que no conozco. Pero sí hay algo que salta a la vista: Cuba está viviendo una acumulación peligrosa de abusos, miedo, atropellos y resentimiento social. Y cuando un pueblo acumula demasiado dolor, cualquier chispa puede convertirse en incendio.

Por eso este no es solo un comentario. Es un llamado. Un llamado a los cubanos de a pie, a las familias, a los vecinos, a los jóvenes, a los padres y madres que hoy miran estos videos con angustia. Pero también es un llamado directo a la policía, a los militares, a las boinas negras, a las tropas especiales, a los oficiales, a los jefes de sector, a los que obedecen órdenes y a los que las dan.

Piensen bien lo que está ocurriendo. Cada golpe (https://www.facebook.com/share/v/1EAJki7jYU/), cada abuso, cada detención arbitraria, cada empujón, cada amenaza, cada acto de humillación contra un ciudadano, no desaparece cuando termina el operativo. Se queda sembrado. Se queda en la memoria de una familia, de un barrio, de un pueblo entero. Y esa memoria, tarde o temprano, pasa factura.

Hoy puede parecer que todo se controla con patrullas, uniformes, tonfas, pistolas, órdenes y miedo. Pero ningún país se controla eternamente a golpes. Ninguna autoridad conserva respeto cuando se acostumbra a imponer obediencia con terror. Y ningún uniforme queda protegido cuando el pueblo deja de ver en él una autoridad y empieza a verlo como una amenaza.

El represor en peligro

A quienes participan en la represión, les digo algo con toda claridad, todavía están a tiempo de pensar. Todavía están a tiempo de entender que el pueblo al que empujan, golpean o maltratan es el mismo pueblo del que vienen ustedes. Ahí están sus madres, sus hijos, sus hermanos, sus vecinos, sus antiguos compañeros de escuela. No están reprimiendo a una fuerza extranjera. Están reprimiendo a su propia gente.

Y cuando un país llega a ese punto, el peligro no es solamente para el ciudadano indefenso. El peligro también empieza a ser para el propio represor. Porque cuando la rabia colectiva se desborda, no siempre distingue entre el culpable mayor y el subordinado menor. No siempre pregunta quién dio la orden y quién solo la cumplió. La tragedia, cuando aparece, suele caer sobre el que está más cerca.

Ese es el verdadero riesgo. Los que mandan desde oficinas protegidas, los que diseñan la represión, los que dan discursos y órdenes desde arriba, muchas veces no son los que reciben la primera descarga de la ira popular. Ellos ponen al frente al policía joven, al recluta, al boina negra, al militar de bajo rango, al hombre de uniforme que tal vez también tiene miedo, necesidades y familia. Los usan como muro de contención entre el poder y el pueblo.

Pero ese muro se está agrietando. Por eso este llamado no es a la violencia. Todo lo contrario. Es un llamado urgente para evitarla. Es una advertencia antes de que sea tarde. Cuba no necesita más sangre, ni más madres llorando, ni más jóvenes presos, ni más policías convertidos en carne de choque de un sistema que después los abandona.

La culpa es del sistema

A la policía y a las tropas especiales: no se conviertan en verdugos de su propio pueblo. No manchen su vida por una orden injusta. No crean que la obediencia los salva moralmente cuando el abuso queda grabado en la memoria de todos. Hay órdenes que envilecen. Hay órdenes que persiguen al hombre mucho después de quitarse el uniforme.

A los ciudadanos: no pierdan la humanidad. La indignación es legítima, el dolor es real, la rabia tiene causa; pero la tragedia no debe ser el camino. Un pueblo que ha sufrido tanto no puede permitir que el régimen lo empuje también al abismo del odio ciego.

El problema de Cuba no es un policía aislado, ni una patrulla, ni un operativo. El problema es un sistema que ha roto la confianza entre el ciudadano y la autoridad. Un sistema que ha convertido la ley en garrote, la obediencia en miedo y el uniforme en símbolo de amenaza. Y cuando eso ocurre, el país entero entra en una zona de peligro. Por eso hay que decirlo ahora, antes de que sea demasiado tarde: Cuba está acumulando una tensión que puede terminar en tragedia. Y los responsables mayores serán quienes han sembrado durante décadas la represión, el abuso y la impunidad.

Todavía hay tiempo de detener esa espiral. Pero para eso, cada cubano, con uniforme o sin uniforme, tiene que hacerse una pregunta sencilla: ¿de qué lado quiere estar cuando la historia pase lista? Porque la historia pasa. Y cuando pasa, no acepta la excusa cobarde de que “yo solo cumplía órdenes”.

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