
El caballero medieval: ni noble, ni limpio, ni poeta
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Si cierras los ojos y piensas en un caballero medieval, lo primero que te llega es la estampa de la película: armadura reluciente, doncella sufriendo en lo alto de una torre y un tipo con melena al viento recitando versos de amor.
Pues olvídalo. El caballero de verdad no era un galán de cuento, sino un sicario con escudo, título nobiliario y un equipo que valía más que tu casa.
Porque ser caballero no era cuestión de linaje o de buena voluntad. Era cuestión de dinero. Mantener caballo, lanza, espada y una armadura de veintitantos kilos costaba una fortuna al alcance de muy pocos. Y ojo, que la armadura no era esa jaula metálica inútil que a veces te pintan. Un tío entrenado podía correr, saltar, darse de hostias e incluso levantarse del suelo sin ayuda. Pero también, con el sol dándote en el lomo metálico, te convertías en un horno andante.
Y luego está el temita escatológico, porque en esto de la historia canalla vamos al grano. En mitad de una batalla o de una marcha interminable, un caballero no podía pedirle al enemigo que parara un momento “que voy al servicio”. Entre que no había servicio y que quitarse la armadura requería tiempo y ayuda, pues la necesidad apretaba… y ellos se meaban encima. Tal cual. No siempre, ojo, que su equipo era caro y su cuerpo su herramienta de trabajo. Pero entre el sudor, el hierro, los acolchados y algún que otro accidente líquido, la distancia hasta el perfume era sideral.
Más revelador aún es lo que hacían cuando no estaban meándose encima. Su función no era salvar doncellas, sino sostener un sistema a base de hostias. En la Guerra de los Cien Años se pusieron de moda las chevauchées, una palabra francesa bonita para algo muy feo: entraban en territorio enemigo y quemaban cosechas, robaban ganado y dejaban a los campesinos temblando. No había poesía que valiera. Era economía de guerra: si el otro no come, la batalla está ganada.
El famoso código de caballería, ese que tanto presume de proteger a los débiles, era básicamente un seguro de comportamiento entre iguales. Hacia los campesinos o hacia el enemigo de turno, las normas se volvían muy elásticas.
El amor cortés, por su parte, fue un invento literario para entretener a una aristocracia aburrida. Porque en la realidad, si alguien se tomaba muy en serio los versos románticos con la mujer de su señor, lo más probable es que acabara con una daga en el riñón y no con un poema de vuelta. Así que ya sabes: el caballero medieval fue un guerrero caro, peligroso y maloliente. Nada de príncipes azules. Esto no es Disney, es la Edad Media.






