
Díaz-Canel, te va a crecer la nariz
Por Max Astudillo ()
La Habana.- Hay un cuento infantil que a los gobernantes cubanos se les olvidó leer en sus años de formación ideológica. Se llama Pinocho, y trata de un muñeco de madera al que le crecía la nariz cada vez que mentía. Porque si existe un arte que el castrismo haya perfeccionado en seis décadas, no es la medicina, ni la educación, ni la agricultura. Es la capacidad de decir una barbaridad tras otra con una cara tan seria que hasta el más incrédulo duda por un instante.
El último capítulo de esta farsa lo protagoniza Miguel Díaz-Canel, el presidente de la junta, que lleva años repitiendo aquello de que «Cuba no amenaza a nadie». Que la isla es poco menos que un campamento de pioneros con médicos rurales y canciones de Buena Fe de fondo. Que somos un país débil, indefenso, cuasi angelical, incapaz de hacer daño a una mosca. Ay, Díaz-Canel. Ay, Miguel. Si Pinocho te viera, se jubila de envidia.
Porque resulta que mientras el mandatario cubano pronuncia estas lindezas ante las cámaras del Noticiero Nacional, en el Congreso de Estados Unidos hay senadores y congresistas que se dedican a enumerar una lista de actividades que desmontan el cuento de la isla inocente. Terrorismo. Espionaje. Presencia militar rusa. Inteligencia china. Fugitivos de la justicia protegidos en la isla. Operativos de inteligencia cubana en Venezuela.

Y hasta soldados cubanos peleando junto a las tropas de Putin en Ucrania. Cosas de ángeles, claro. Cuando al Secretario de Defensa estadounidense le preguntan si considera que Cuba representa una amenaza, responde con un lacónico «Sí, lo creo». Y no es para menos.
Un andamiaje de mentiras
Pero la historia, esa vieja maestra a la que el castrismo le tiene alergia, cuenta otras cositas que Díaz-Canel olvida mencionar en sus discursos. ¿Alguien le ha contado a Miguel que su tutor eterno, Fidel Castro, propuso una vez a Nikita Jruschov lanzar un ataque nuclear contra una ciudad estadounidense?
Sí, amigos. No fue un ejercito de hormigas armadas con hondas. Fue una bomba atómica. El «Che Guevara» también anduvo suelto por el Congo, hubo tropas cubanas por Argelia, por Angola, por Namibia, exportando la revolución a punta de fusil.
En Vietnam, los torturadores cubanos se encargaron de «asesorar» al ejército norvietnamita. En Argentina, un expresidente de la agencia Prensa Latina, Jorge Ricardo Masetti, comandó una guerrilla que desapareció en la selva de Salta. En Bolivia, en Nicaragua, en El Salvador, en Colombia. Por todas partes. ¿Débil? ¿Indefensa? ¿Inocente?

Y qué decir de las amistades peligrosas. Porque los Castro también supieron hacer buenas migas con Pablo Escobar, el capo colombiano que inundó de cocaína el mundo. Los aviones del narcotráfico aterrizaban en pistas cubanas, cargaban combustible, repostaban y seguían su ruta hacia el norte. A cambio, la familia gobernante recibía divisas y protección.
Pero eso, claro, no sale en los discursos del 1 de mayo. Eso no aparece en los carteles de «Patria o Muerte». Eso es parte de la historia que los Díaz-Canel prefieren enterrar bajo capas de retórica revolucionaria y frases hechas. Porque la verdad, si se dijera en voz alta, haría tambalearse el andamiaje de mentiras sobre el que se sostiene la dictadura.
¿Isla desarmada y bondadosa?
Así que no, señor presidente. No nos venda el cuento de la isla desarmada y bondadosa. Cuba no es una amenaza porque no tiene capacidad militar para serlo, no por falta de intenciones. Y eso, Miguel, es muy diferente. Si los castristas tuvieran el poderío que sueñan, hace décadas que habrían puesto el mundo patas arriba.
La única razón por la que hoy pueden presumir de «no amenazar» es porque el imperio les partió la pata hace tiempo. Pero la intención, la voluntad, el deseo de hacer daño, eso nunca se fue. Eso está en los genes de un sistema que nació con un fusil en la cuna y una mentira en los labios. Así que siga usted con su cuento, que a estas alturas ya casi nadie se lo cree. Y no olvide lo de la nariz. Que cuando uno miente tanto, acaba siendo el hazmerreír del circo.
Aunque en su caso, el circo lo paga el pueblo. Que es la parte más triste. Y la más indigna. ¿Qué le vamos a hacer? Usted a lo suyo. Y nosotros, esperando que algún día la verdad -o la nariz- le crezca tanto que no pueda esconderla. Porque eso, al final, le pasó a Pinocho. Y también le pasará a usted. Es solo cuestión de tiempo. Y de paciencia. Que no nos falta. Pero ya va siendo hora. ¿No cree?






