
Asesinan a un bicitaxista en Santiago de Cuba
Por Yosmany Mayeta Labrada
Santiago de Cuba.- Mientras muchas familias se preparaban para celebrar el Día de las Madres, en una casa santiaguera solo quedó el silencio, el luto y una silla vacía.
Ramón Orlando Licea Muñoz, bicitaxista de 62 años, hubiera cumplido 63 este próximo 6 de septiembre, pero fue brutalmente asesinado por delincuentes que no solo le arrebataron la vida, sino también el sustento con el que mantenía su hogar.
Su hija, Danay Lisset, confirmó que los responsables ya fueron detenidos y que se cree que fueron cuatro los implicados en el crimen. Según relató, el triciclo eléctrico apareció abandonado en el basurero de Micro 7, completamente desmantelado.
Le arrancaron el motor, el foco, la lona que protegía a los pasajeros de la lluvia, el puño acelerador con todo el sistema eléctrico, la caja rally, el breaker, la batería de 12 voltios, la caja flash, todas las luces y hasta violentaron el maletero.
No fue un simple robo. Fue una cacería.
Ramón recibió siete puñaladas: una en cada pulmón, una en el cuello por la zona del trapecio, una en la cara y varias más en la espalda. Las heridas mortales fueron las de ambos pulmones y la del cuello.
Su entierro se realizó en Hicacos, carretera de Siboney, en una caravana acompañada por compañeros y personas cercanas que quisieron despedirlo hasta el final en sus triciclos por toda la ciudad. Su hija explicó que decidió sepultarlo allí porque su madre, fallecida hace un año y cinco meses, también descansa en el camposanto de la ciudad.
«Mi padre nunca dejó de pensar en mi madre. Creí lo más pertinente que fuera allí», contó.
Pero este domingo no solo pesa la ausencia del padre. También la de una madre ejemplar y de una abuela que, según Danay, fue como su segunda madre.
«Tengo un luto enorme, ahora por mi padre, lo único que me quedaba en esta vida», confesó.
Ramón Orlando no era solo un chofer de triciclo. Era un hombre de familia, descendiente de judíos, estudioso de sus raíces hebreas, trabajador nocturno como tantos santiagueros que salen a la calle de madrugada para llevar comida a casa, porque de día la persecución contra los triciclos sin licencia los ahoga.
Su hija deja una advertencia dura para quienes viven de ese oficio: «No se confíen en nadie, porque caras vemos, pero corazones no conocemos.»
Y también una frase estremecedora cuando se le preguntó si debería existir una ley más dura para proteger a estos trabajadores transportistas: «Sí. Fusilamiento al que m@…te.»
No es solo rabia. Es el grito desesperado de una hija que perdió a su madre, a su abuela y ahora a su padre, todo demasiado rápido.
Santiago no necesita acostumbrarse a esto.
Porque cuando salir a trabajar de noche termina en siete puñaladas, ya no estamos hablando de inseguridad, estamos hablando de una ciudad herida y sin que la puedan sanar.






