
Fulgencio Batista y Fidel Castro en la narrativa escolar del comunismo cubano.
Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- La enseñanza de la historia nunca es un acto inocente. En todo sistema político, los programas de estudio responden —explícita o implícitamente— a una visión del pasado que busca legitimar el presente. En la Cuba contemporánea, bajo el modelo instaurado tras 1959, la historia enseñada en las escuelas no escapa a esta lógica: Selecciona, enfatiza y omite con una clara intencionalidad formativa.
Dentro de ese esquema, pocas figuras resultan tan reveladoras como las de Fulgencio Batista y Fidel Castro. Ambos ocupan un lugar central en el relato oficial, pero lo hacen desde extremos opuestos: Uno como símbolo del oprobio, el otro como encarnación de la redención nacional.
Ambos, sin embargo, cometieron crímenes como una verdad indiscutible, hecho que la enseñanza oficial tiende a tratar de manera desigual o selectiva.
En los manuales escolares cubanos, Batista es presentado casi exclusivamente como un dictador corrupto, subordinado a intereses extranjeros, responsable de la desigualdad social y la represión política. Su etapa inicial como figura influyente en la política de los años treinta, incluyendo su papel en la caída de Gerardo Machado o su influencia en la Constitución de 1940, suele ser tratada de forma marginal o simplificada. La narrativa privilegia el golpe de Estado de 1952 y el periodo posterior, construyendo una imagen lineal y negativa, sin matices ni contradicciones.
Este enfoque no es completamente falso, pero sí incompleto. Al omitir aspectos complejos de su trayectoria, se evita que el estudiante comprenda la evolución histórica de la República y las tensiones reales de la época. Se sustituye así el análisis por la condena, y la historia por el juicio.
Y sin embargo, incluso dentro de ese periodo cuestionado, existieron indicadores de desarrollo económico, institucional y urbano que no pueden ser ignorados si se aspira a una comprensión honesta del proceso histórico cubano.
Fidel Castro, el contraste
En contraste, Fidel Castro es presentado como el líder indiscutible de una gesta liberadora. La narrativa escolar lo sitúa como heredero de las luchas independentistas, continuador de José Martí y artífice de la justicia social en Cuba. Sus acciones son descritas en términos épicos, su pensamiento como guía moral, y su figura como referente indiscutible de la nación.
Sin embargo, este tratamiento también incurre en silencios significativos. Los programas de estudio tienden a minimizar o ignorar aspectos polémicos de su gobierno: la concentración del poder, la ausencia de pluralismo político, la represión de la disidencia o las limitaciones a las libertades civiles. La complejidad de su figura se reduce a una narrativa de virtud y sacrificio, donde la crítica no tiene espacio.
Y en esa misma omisión, se soslaya el hecho de que muchas de las estructuras de desarrollo previas fueron desmanteladas o profundamente deterioradas, llevando al país a una crisis prolongada que ha afectado niveles básicos de bienestar y progreso.
Manipulación de los estudiantes
El contraste entre ambos tratamientos revela una estructura narrativa basada en la dicotomía: antes del 59, oscuridad; después, luz. Esta simplificación no solo empobrece el conocimiento histórico, sino que limita la capacidad crítica del estudiante. La historia deja de ser un campo de interpretación para convertirse en un instrumento de afirmación ideológica.
Más allá de Batista y Castro, lo que está en juego es la formación de la conciencia histórica. Un sistema educativo que presenta el pasado como un relato cerrado, sin fisuras ni debates, forma ciudadanos que repiten, pero no cuestionan. Y sin cuestionamiento, no hay pensamiento libre.
La historia de Cuba, como toda historia nacional, está hecha de luces y sombras, de avances y retrocesos, de figuras complejas que no caben en moldes absolutos. Reducirla a consignas es, en última instancia, una forma de empobrecerla.
Quizás el verdadero desafío no sea elegir entre una figura y otra, sino recuperar el derecho a comprenderlas en toda su dimensión humana e histórica. Porque solo desde esa comprensión es posible construir una visión del país que no dependa de relatos impuestos, sino de verdades buscadas con honestidad intelectual. Ojala, podamos poner la verdad como principio al revaluar nuestra historia.






