
Morales Ojeda afirma que recordar a Marx es urgente y necesario
Por Jorge Sotero
La Habana.- Roberto Morales Ojeda volvió a sacar del museo de cera ideológico a Carlos Marx, como quien desempolva una reliquia familiar que ya nadie quiere en la sala, pero insiste en exhibirla cada fecha simbólica. Con tono solemne, casi litúrgico, nos recuerda que hoy se conmemora otro aniversario del nacimiento del filósofo alemán, ese hombre al que la nomenclatura cubana cita con una devoción casi religiosa, aunque probablemente no resistiría cinco minutos haciendo una cola para comprar pollo en una Mipyme.
Dice Morales que Marx “sigue ardiendo como llama viva en la conciencia de los pueblos”. La metáfora tiene sentido, aunque quizás no como él quisiera. En Cuba lo que arde no es precisamente la conciencia revolucionaria, sino los transformadores eléctricos, la paciencia nacional y cualquier expectativa de progreso después de seis décadas de laboratorio ideológico fallido.
La publicación, por supuesto, no podía venir sola. Había que invocar también a la Piedra, patrón oficial de todas las citas reciclables. Fidel aparece una vez más como referencia obligatoria, como si en Cuba no existiera otro pensador, otro libro o, al menos, otra frase disponible en el mercado de ideas.
Lo fascinante es que hablan del marxismo como “ventaja extraordinaria”, mientras el cubano promedio anda calculando si el salario le alcanza para una libra de tomate o para cargar una recarga internacional.
Morales pregunta por qué Marx “molesta tanto a los poderosos y al imperialismo”. La verdadera pregunta sería otra: ¿por qué después de tanto marxismo tropical, planificación heroica y consignas épicas, Cuba sigue pareciendo un tutorial avanzado de precariedad? Porque a estas alturas el problema no es Marx, ni siquiera Engels; el problema es usar teorías del siglo XIX como excusa para justificar el desastre administrativo del XXI.
Recordar a Marx, dice Morales Ojeda, es afirmar que otro mundo es posible. Tiene razón. El detalle es que el cubano promedio también sueña con otro mundo posible: uno con electricidad estable, farmacias abastecidas, salarios dignos y dirigentes menos obsesionados con citar muertos europeos mientras administran una ruina caribeña. Pero de ese mundo, curiosamente, nunca hablan.






