
El verdadero bloqueo: cuando el castrismo le cerró el mar a su propio pueblo
Por Jorge Sotero ()
La Habana.- Hubo un tiempo, no tan lejano, antes de 1959, en que los cubanos salían a pescar sin pedirle permiso a nadie. Se montaban en sus pequeños botes, echaban las redes y volvían con el sustento del día. El pescado, entonces, nunca faltaba en los mercados ni en las mesas. Me lo contaron los viejos, y lo confirman los archivos: miles de personas a lo largo y ancho de la isla recorrían caminos polvorientos llevando pescado fresco a los campesinos de tierra adentro. Era una economía viva, popular, que resolvía hambres y alimentaba sueños. Hasta que llegaron los Castro y decidieron que el mar también era suyo. Y entonces, señores, empezó el verdadero bloqueo.
Porque el bloqueo más feroz que ha sufrido Cuba no viene de Washington, ni de Trump, ni de ningún presidente norteamericano. Viene de La Habana, del Palacio de la Revolución, de esa familia que se apropió del mar como quien se apropia de un jardín privado. Para ellos, los yates, las langostas, los cayos, las islas, todo era territorio de caza exclusiva.

Para el pueblo, las vedas perpetuas, los papeles imposibles, las multas y las cárceles. Salir a pescar se convirtió en un delito. Tener una lancha, en una osadía. Y así, en pocas décadas, Cuba pasó de ser un país de pescadores a una nación donde el consumo de pescado por habitante es inferior al de Bolivia. Bolivia, amigos, que no tiene mar. Dicho así, suena a mentira. Pero no lo es.
El mar, coto privado de los gobernantes
Y mientras el pueblo miraba el mar desde la orilla, con los brazos cruzados y el estómago vacío, los Castro y sus adláteres se daban la gran vida. Ramiro Valdés, el mismo que firmaba órdenes de arresto, también firmaba permisos para pescar langosta en los cayos exclusivos. La familia Castro recorría el archipiélago en yates que ningún otro cubano podía ni soñar. Porque en Cuba, a diferencia de medio mundo, donde cualquier ciudadano honesto puede tener un yatecito para irse a pescar el fin de semana, aquí el mar era patrimonio de la dinastía. Y si usted se atrevía a desafiar esa orden, caía sobre usted todo el peso de una dictadura que no perdona ni la más mínima intromisión en sus privilegios.

¿Vedas? Todas para el pueblo. Para los Castro, ninguna. Ellos podían pescar en temporada de veda, en áreas protegidas, con métodos prohibidos. Y si alguien preguntaba, la respuesta era siempre la misma: «Es que el bloqueo no nos permite tener barcos, ni combustible, ni equipos».
Mentira. Mentira podrida como el pescado que nunca llegó a las mesas de los cubanos. Porque el bloqueo nunca les impidió a los pescadores artesanales echar sus redes desde la orilla. Lo que les impidió fue una ley arbitraria, un decreto asesino, una voluntad explícita de convertir el mar en un coto privado de la familia gobernante.
Un día no muy lejano todo cambiará
Y luego salen a decir que el hambre en Cuba es culpa del imperio. Que si Trump, que si el bloqueo, que si la comunidad internacional. No, señores. El hambre en Cuba tiene un apellido: Castro. Porque mientras el mundo entero respeta las vedas pero permite la pesca artesanal, aquí se vedó todo para el pueblo y nada para los dueños del poder.

Por eso hoy Cuba es uno de los países de más bajo consumo de pescado per cápita del planeta. Y eso que solo hablo del mar. No me meto en la tierra, no me meto en la industria, no me meto en la salud, no me meto en la educación. Solo en el mar. Y ya con eso, hay material para escribir un libro de indignación.

Pero queda una esperanza: cuando Cuba sea libre, el mar volverá a ser del pueblo. Los cubanos podrán pescar sin miedo, tendrán sus barcos pequeños, respetarán las vedas porque las vedas son necesarias, pero nadie les impedirá buscar el sustento en las aguas que por derecho natural les pertenecen.
Y entonces, ese mar que hoy es símbolo de exclusión y privilegio, se convertirá en lo que nunca debió dejar de ser: una fuente de alimento, de trabajo y de dignidad. Mientras tanto, que los Castro sigan paseando en sus yates. Pero que no nos cuenten cuentos. El bloqueo más grande ya lo tenemos dentro. Y es el que ellos mismos se encargaron de construir.






