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Por Oscar Durán

La Habana.- Lo admito: tengo miedo. No hablo de ese miedo poético que uno usa para parecer interesante en una conversación barata de café. No. Hablo del miedo real, el miedo que te mastica por dentro como una rata hambrienta.

Tengo miedo de que al final Donald Trump no haga nada por Cuba. De que toda esa expectativa construida a base de discursos duros, sanciones y promesas termine siendo lo mismo de siempre: humo. Un humo más denso que el de una termoeléctrica agonizando en el Mariel.

También tengo miedo de Marco Rubio. O peor: de que desista. Una cosa es tener esperanza depositada en alguien y otra muy distinta es ver cómo esa esperanza te abandona lentamente, como quien apaga un cuarto y deja a otro adentro.

Pero mientras pensaba en Trump, Rubio, el Pentágono y toda esa maquinaria de poder que parece gigantesca vista desde una isla rota, me di cuenta de algo mucho más incómodo.

Mi verdadero miedo no es ese. Mi verdadero miedo somos nosotros. Ni Trump, ni Rubio, ni el Pentágono tienen por qué salvarnos. Qué manía la del cubano de mirar siempre hacia afuera, como si la libertad viniera en paquete diplomático, con sello americano y entrega express.

No. La libertad no funciona así. La libertad cuesta demasiado como para que otro venga a ponértela en la puerta de la casa. Ahí es donde entra el miedo más brutal de todos: el miedo que tenemos los cubanos a nosotros mismos.

Le tenemos miedo al vecino. Al policía, al chivato del CDR. A perder el trabajo miserable que no alcanza para nada. A que nos expulsen de la universidad. A que nos metan preso. A que nos revienten una puerta a las tres de la madrugada. Anna Sofía que estás en Alamar, santificado sea tu valor.

Le tenemos miedo hasta a hablar alto en nuestra propia sala. Es un nivel de degradación psicológica tan obsceno, que uno termina normalizando lo anormal. Vivimos domesticados por el terror, como si la cobardía fuera parte del paisaje nacional, al lado de los apagones y la libreta de abastecimiento.

Y lo más triste no es eso. Lo más triste es que sabemos perfectamente quién nos hace daño. Sabemos quién nos roba el futuro. Sabemos quién convirtió un país entero en un experimento de miseria humana. Sabemos quién nos obligó a vivir con resignación como estilo de vida.

Lo sabemos todo. Pero seguimos esperando a Trump. A Rubio. A una invasión. A una fractura interna. A un milagro geopolítico. A que alguien, quien sea, venga y haga el trabajo por nosotros.

Recuerden una cosa, cubanos de aquí y de acullá: la historia no perdona a los pueblos que delegan su propia liberación.
No la perdona. Nunca lo ha hecho.

Entonces tengo miedo, sí. Muchísimo miedo. Miedo de que pase el tiempo y nos convirtamos en especialistas de la espera. En comentaristas profesionales de nuestra propia desgracia. Miedo de morirme sin ver a Cuba libre. Miedo de que mis hijos hereden esta misma conversación podrida donde seguimos analizando a Trump, mientras el régimen sigue respirando tranquilamente.

Tengo miedo de mi propio miedo, porque el miedo es contagioso. Se hereda. Se instala en la sangre. Y a veces sospecho que esa ha sido la mayor victoria de esta dictadura miserable: no solo quitarnos el país, sino enseñarnos a temerle incluso a la idea de recuperarlo.

Sin embargo, entre tanto miedo hay una certeza. La única. A este régimen maldito lo tenemos que tumbar nosotros, los mismos que llevamos décadas entrenados para obedecer, callar y sobrevivir. Nosotros, que todavía no terminamos de entender que la oscuridad no se rompe esperando que otro encienda la luz. Hay que arrancarla, aunque tiemblen las manos, aunque el miedo te reviente el pecho, aunque sientas que estás solo.

Al final, y esto duele escribirlo, si llegan los soldados americanos a esta miseria de país, no serán ellos los que no darán una libertad definitiva. La libertad empieza cuando todos nos quitemos ese símbolo nacional llamado miedo.

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