Intelectuales del silencio

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Por Yeison Derulo

La Habana.- Varios intelectuales cubanos firmaron una declaración en defensa de la patria, un mamotreto que parece un relato político y no un escrito para reconocer el drama cotidiano de un país exhausto. Se refugian en palabras como soberanía, independencia y justicia social, términos nobles en cualquier contexto, pero vaciados de sentido cuando se usan como escudo retórico para justificar décadas de precariedad.

Hablar de dignificación humana mientras millones de cubanos sobreviven entre apagones, inflación descontrolada y éxodos masivos, no es una contradicción menor: es un insulto a la inteligencia colectiva.

Los firmantes son los Premios Nacionales de Historia y de Ciencias Sociales Isabel Monal, María del Carmen Barcia, Pedro Pablo Rodríguez, Olga Portuondo, Sergio Guerra, Alberto Prieto, José Luis Rodríguez, Francisca López, Mildred de la Torre, José Bell, Hebert Pérez, Urbano Martínez, Israel Escalona y José Luis Méndez.

La declaración insiste en colocar todos los males nacionales bajo el paraguas del bloqueo y la injerencia extranjera, como si el desastre interno fuese una simple consecuencia mecánica de factores externos. Esa narrativa, repetida hasta el cansancio, omite deliberadamente la responsabilidad de una clase dirigente que ha monopolizado durante décadas las decisiones económicas, políticas y sociales del país.

Resulta demasiado cómodo señalar enemigos fuera de la isla mientras se evade cualquier autocrítica real sobre la ineficiencia estructural, la represión política y el inmovilismo institucional.

Más llamativo aún es el tono casi litúrgico con el que se invoca la historia nacional. Desde la gesta mambisa hasta la Revolución, todo aparece encapsulado en una línea argumental donde disentir equivale poco menos que traicionar a la patria. Ese secuestro simbólico de la nación es una vieja maniobra: apropiarse del lenguaje del patriotismo para excluir cualquier voz incómoda. Cuba no pertenece a una ideología, ni a un Partido, ni a un grupo de intelectuales laureados. Cuba también es el ciudadano que critica, protesta y exige cambios sin pedir permiso.

Cuando el texto alerta sobre discursos “académicos” o análisis “cívicos” que podrían servir a agendas desestabilizadoras, deja al descubierto su verdadera intención: desacreditar toda discrepancia que no se ajuste al libreto oficial. Esa sospecha permanente sobre el pensamiento crítico no fortalece la soberanía; la debilita. Un país maduro no teme al debate. Solo los sistemas inseguros convierten la opinión distinta en amenaza existencial.

Lo más preocupante, sin embargo, es la desconexión moral de quienes firman. Reconocen de pasada que existen tensiones y contradicciones, pero reducen una crisis nacional profunda a un simple problema de “perfeccionamiento institucional”.

Cuba no está atrapada en una fase de ajuste técnico; está sumida en una fractura de confianza entre ciudadanía y poder. Pretender resolver semejante abismo con declaraciones solemnes y consignas recicladas es como intentar apagar un incendio con discursos. El humo puede ocultar las llamas un rato, pero la casa sigue ardiendo.

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