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Por Yosmani Mayeta Labrada ()

Washington.- Mientras decenas de cubanos son vigilados, citados, amenazados o arrestados por llevar un plato de comida a un barrio necesitado sin permiso del Estado, otros tienen licencia absoluta para hacerlo. Siempre que su apellido pese más que la ley.

Sandro Castro, nieto de Fidel Castro, volvió a colocarse en el centro de la polémica tras organizar una jornada comunitaria en el municipio 10 de Octubre, en La Habana. Repartió alimentos, insumos médicos, refrescos, dulces y ofreció servicios gratuitos de barbería bajo su llamado movimiento «Cristach».

Las imágenes lo muestran entre banderas cubanas, rodeado de jóvenes y vecinos, jugando fútbol y repartiendo ayuda como si fuera una figura intocable. Porque en la práctica, lo es.

Pero lo que más llama la atención no es la actividad. Es quiénes lo acompañan.

Entre ellos aparece un joven santiaguero llamado Jorge, conocido en Facebook como «Chamakito Superpillo». Una figura que en Santiago de Cuba muchos recuerdan por su cercanía con dirigentes del poder, especialmente con Lázaro Expósito Canto, de quien incluso decía ser su ahijado político y recibir viajes, regalos y esparcimiento en lugares netamente para políticos.

No es la primera vez que se le ve vinculado a actos de corte oficialista, aunque públicamente intente desmarcarse. Las imágenes, los eventos y las compañías cuentan otra historia.

Y ahí nace la gran pregunta.

¿Por qué a unos los persiguen por ayudar y a otros los aplauden por hacerlo? ¿Por qué un joven cualquiera puede terminar preso por denunciar en redes sociales, mientras Sandro Castro critica, se exhibe, reparte y hace espectáculo sin que nadie lo toque?

La respuesta parece estar en el apellido.

En Cuba, no todos los ciudadanos pesan igual. Unos cargan con el miedo. Otros caminan blindados por la herencia del poder.

Mientras madres son interrogadas por recibir donaciones, mientras activistas son detenidos por llevar leche a un anciano, mientras jóvenes cumplen condenas por una transmisión en Facebook, el nieto del dictador reparte pan, posa para Instagram y se vende como benefactor social.

No se trata de criticar la ayuda. Se trata de señalar la hipocresía. Porque en Cuba, hasta la caridad tiene permiso político. Y cuando el privilegio se disfraza de solidaridad, el pueblo tiene derecho a preguntarse si realmente están ayudando o simplemente están maquillando la miseria que ellos mismos heredaron.

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