He estado pensando en… lo que es y en lo que no es

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Por Padre Alberto Reyes (Especial para El Vigía de Cuba)

Esmeralda, Camagüey.- En este mundo, no todo es lo que parece, y en Cuba, esta regla se maximiza.

Pongamos el ejemplo de Jonathan Muir. Para empezar, ¿qué tanto daño puede haber hecho un adolescente de 16 años en un país donde casi lo peor que se puede hacer es tirar piedras? Pero suponiendo que haya tenido un comportamiento antisocial agresivo, ¿es proporcional mandarlo a una cárcel de presos comunes, romperle lo que le quedaba de infancia, destruir su inocencia para siempre?

Si Jonathan fuera un “saboteador”, su encierro tendría sentido, pero Jonathan no es eso, Jonathan es un objeto político, es una advertencia contra los jóvenes, contra los padres de los jóvenes e incluso una advertencia contra las Iglesias. Jonathan es un trofeo del poder, y con tal de mantener ese trofeo, no importa despojarlo de su condición de persona, no importa romperlo, no importa si se destruye.

Si Ernesto y Kamil fueran terroristas, o promotores de un lenguaje de odio, la sociedad habría visto con beneplácito su detención, pero Ernesto y Kamil se convirtieron en apenas unos días en aquellos que liberaron la voz silenciada de este pueblo y la verdad inconfesada de esta isla, y pusieron nombre y palabras a lo que la mayoría de este pueblo sabe y siente. Y sobre todo, se atrevieron a ser libres en una sociedad que se sustenta en la esclavitud. Por eso, Ernesto y Kamil no son “odiadores silenciados”, sino el mensaje alto y claro de un Gobierno decidido a no tolerar voces disidentes.

La voz de la juventud cubana

Si Anna Sofía y los muchachos de “Fuera de la caja” fueran jóvenes desestructurados, alienados, desequilibrados, este Gobierno no se hubiera molestado en lo más mínimo en hacerles caso, y no hubiera gastado la más mínima energía en advertir a sus padres sobre la necesidad de reorientar a sus hijos. Pero estos jóvenes no son personas perturbadas, no son simples jóvenes malagradecidos incapaces de reconocer “lo mucho que le deben a la Revolución”.

¿Quiénes son, en realidad?, son la voz de la naciente juventud cubana, son el exponente del sentir real de las nuevas generaciones. Su persecución y acoso no es un acto de justicia para con la Revolución, sino el intento de erradicación de un peligro, de un “mal ejemplo” que no se puede tolerar.

Desde el 11 de julio del 2021, más de mil personas viven entre rejas. Oficialmente no son presos políticos, no son personas castigadas por pedir libertad, por ejercer su derecho a expresarse libremente. Por el contrario, son “promotores del desorden público”, “autores de hechos vandálicos”, “destructores de la propiedad social”. Ya de entrada cuesta creer que tanta gente quepa en estas definiciones, pero aun asumiendo que son autores de actos vandálicos, ¿puede una vidriera rota costar 15 años de vida?

¿Qué son en realidad? Son castigos ejemplarizantes, son el recordatorio constante del precio de ser libre en este país, son rehenes en exposición y la reserva de monedas de cambio.

Y como si esto no bastara, llega “Mi firma por la patria”, aireada como gesto de soberanía popular frente a las agresiones imperialistas, como un ejercicio del derecho de los cubanos, como gesto autóctono de defensa de la nación, cuando en realidad, no es más que otro recordatorio de quién tiene la bota puesta sobre nuestro cuello, no es sino una prueba más de cuánto puede controlarse a un pueblo a través el miedo, es un intento más de romper las esperanzas crecientes de esta nación en la llegada de su libertad.

No, ciertamente, no todo es lo que parece, pero este pueblo no es tonto, y más allá de lo que parece, todos sabemos lo que cada cosa es.

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